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miércoles, 26 de febrero de 2014

Ocho estilismos para el rey de los disfraces

         ¿Quién sino Zeus se lleva la palma a la hora de que nadie lo reconozca, sin necesidad de que sea Carnaval? No le cuesta trabajo como dios que es cobrar el aspecto que desea, y  lo hace para satisfacer sus impulsos sin tener que dar muchas explicaciones.  A su lado, ni  Heracles vestido de Ónfale (y Ónfale de Heracles) ni Aquiles con ropa de chica en la corte de Licomedes tienen nada que hacer. Aquí le vemos haciendo gala de gran imaginación con ocho modelos diferentes:

  De toro (Zeus y Europa)

                           










   De cisne (Zeus y Leda)












De águila (Zeus y Ganimedes)


             













De niebla (Zeus e Ío)

















De lluvia (Zeus y Dánae)











De virginal  Ártemis (Zeus y Calisto)














De sátiro (Zeus y Antíope) 

 










De marido ajeno (Zeus y Alcmena)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Dos leones, tres manzanas y un jabalí: Atalanta, Meleagro e Hipómenes

      El mito de Atalanta ejemplificaba, para los griegos,  lo que ocurre cuando cuando una joven se niega a aceptar una institución básica que define la condición de los seres humanos en el mundo instaurado por Zeus: el matrimonio. Ella opta por vivir en un espacio masculino. La actitud atípica y rebelde de un adolescente (varón o mujer) no puede acabar bien.   


       Atalanta fue abandonada de niña en el monte Partenio (nombre relacionado con el término griego párthenos, “virgen”) por un padre (el arcadio Yaso o el beocio Esqueneo, emigrado a Arcadia, según diferentes versiones) que sólo quería hijos varones. Una osa la amamantó y se crió entre cazadores. Se dedicaba a la caza, sabía defenderse sola (mató a dos centauros que intentaron violarla), veneraba a la virginal Ártemis y no deseaba en absoluto casarse, a diferencia de lo que se esperaría de una mujer. 

     Cuando Atalanta tuvo noticia de que se estaban concentrando en el palacio de Eneo, rey de Calidón, un gran número de héroes para dar caza a un monstruoso jabalí que había enviado por Ártemis,  ella también se dirigió allí.  A muchos de los presentes les disgustaba que participara en la cacería una mujer, pero Meleagro, el hijo del rey, ya se había enamorado de ella y ansiaba tener un hijo de tal madre, aunque estuviera casado.

     Después de pasar nueve días disfrutando de la hospitalidad del Eneo, los cazadores congregados en Calidón partieron en busca del jabalí.  Atalanta fue la primera en alcanzarle con una flecha; el segundo en herirle, esta vez en un ojo, fue Anfiarao y el que le remató a cuchillo fue Meleagro, haciéndose de esta manera merecedor de los despojos del animal como trofeo. Pero Meleagro se los entregó de buen grado a Atalanta, por lo que los tíos de aquél se enfurecieron al considerarse, como parientes más próximos, dueños del trofeo en caso de que su sobrino renunciase a ese honor. Meleagro, furioso, los mató y este hecho provocó su propia muerte: en efecto, a poco de nacer, las Moiras (diosas del destino) habían vaticinado a Altea, su madre, que el niño viviría en tanto no se consumiese del todo un tizón que ardía en el hogar. Altea lo retiró rápidamente, lo enfrió y lo guardó en un cofre, pero al enterarse de lo que su hijo había hecho a sus hermanos (tíos del joven), echó al fuego el tizón. Meleagro murió y Altea, arrepentida, dio fin a su vida ahorcándose.

       Atalanta fue acogida, ahora sí, en la casa de su padre, pero seguía resistiéndose al matrimonio (el motivo no está claro: ¿por imitar a Ártemis?, ¿por temor a un oráculo que le advertía que acabaría mal?), y retaba a sus pretendientes a una carrera, en la que les daba ventaja, pero con la condición de que si perdían, ella los mataría con una lanza, tal como hizo con muchos jóvenes. Pero cuando se presentó como candidato  Hipómenes (o Melanión, un primo hermano de Atalanta), el joven llevaba las manzanas de oro del santuario de Afrodita en Chipre -o del Jardín de las Hespérides, regalo de la diosa Gea a Hera. Las manzanas son el engaño con que Afrodita responde a la violencia guerrera de Atalanta. Cada vez que la cazadora iba alcanzarle en la carrera, Hipómenes tiraba una manzana que ella se paraba a recoger. Así la venció (tal vez ella se dejó vencer, al gustarle el pretendiente) y se convirtió en su esposo.



       Pero Atalanta seguía sin encerrarse en casa, y  pasaba el tiempo en el monte, con su esposo, dedicados ambos a la caza, hasta que cometen el error de mantener relaciones sexuales en el interior de un templo de Cibeles (o de Zeus). Por eso recibieron el castigo de ser transformados en leones (símbolo de la frialdad sexual). Pero gracias a esta metamorfosis (que no aparece antes de Ovidio) su fama trasciende fronteras, de tan fotografiados que son en Madrid tirando del carro de la diosa  en el centro de la plaza que lleva su nombre y asociados a las victorias de cierto club de fútbol de la capital.



viernes, 7 de febrero de 2014

De lobos, osas y astros: Calisto, Árcade y Licaón

      Árcade fue el hijo que Zeus tuvo con una de las compañeras de Ártemis, Calisto, a la que, según algunas versiones, la diosa  convirtió en osa como castigo por la pérdida de su virginidad (aunque Apolodoro III 8 afirma que fue el propio Zeus quien la transformó, para que Hera no se enterase de lo que había sucedido). Calisto no había accedido de buen grado a los deseos de Zeus, sino que había sido víctima de un engaño del dios, pero, por un motivo u otro, no pudo criar a su hijo, sino que éste fue confiado a la ninfa Maya, la madre de Hermes.

Diana y Calisto (P.P. Rubens, Museo del Prado)


      Cuando Árcade ya era mayor, intentando cazar una osa que se había refugiado en el templo de Zeus Liceo (en el monte Liceo, en Arcadia, donde se sitúa a veces el nacimiento de Zeus), Árcade penetró en el lugar sagrado, sin saber que a quien perseguía era a su propia madre metamorfoseada. Por realizar una acción prohibida, entrar al templo, ambos debían morir. Para evitarlo,  Zeus los transformó: a Calisto, en la Osa Mayor y a Árcade en Arturo (Arktoûros),  el “guardián de la osa” (en griego árktos significa "oso" u "osa"), la estrella más brillante de la constelación del Boyero.





       Ovidio (Metamorfosis II 400 ss.) atribuye a Juno (Hera) la transformación de Calisto en osa, tras el nacimiento del niño, y narra que cuando Árcade tenía quince años, encontró a la osa y, sin saber que era su madre, estaba a punto de matarla cuando Júpiter (Zeus) los convirtió en constelaciones cercanas, suscitando la cólera de su esposa.

      Las metamorfosis en la familia no eran novedad: según algunos autores, Calisto era hija del rey arcadio Licaón. Como este insolente mortal deseaba saber si Zeus (que se le había aparecido con aspecto humano para poner a prueba su comportamiento) sabía o no todo lo que ocurría,  sirvió (el propio Licaón o, según otros, sus impíos hijos) al dios para comer un guiso hecho con los miembros despedazados de Árcade, pero Zeus, naturalmente, se dio cuenta de la argucia, derribó la mesa, fulminó la casa de Licaón (hijos incluidos, excepto el pequeño) y lo transformó en lobo (Ovidio, Metamorfosis I 231 ss.; según Pausanias, VI 8,2 y VIII 2,6 Licaón sacrificó un niño recién nacido sobre el altar de Zeus Liceo). Luego, el dios reunió los miembros de Árcade y le devolvió a la vida (historia que recuerda la del hombro de marfil restituido a Pélope, troceado y servido a los dioses por Tántalo, su padre, y que únicamente logró engañó a Demeter). 

 Júpiter y Licaón ( J. Cossiers, Museo del Prado)


       Relacionado con el mito de Licaón (cuyo nombre se ponía en relación con el término lýkos, “lobo”) y el templo de Zeus Liceo (relacionado con el mismo término) en Arcadia  existía la creencia de que allí se practicaban sacrificios humanos y los asistentes “comulgaban”  con las entrañas de las víctimas. Se convertían entonces en lobos y la única manera de recuperar su primitiva forma abstenerse de comer carne humana durante ocho años. Sin embargo, la arqueología no ha encontrado allí restos de víctimas humanas.
          

     Heródoto (Historia IV 105, 2) transmite la creencia  extendida entre los escitas y los griegos establecidos en Escitia (que a él, por cierto, no le convence) de que todo neuro (pueblo que vivía al norte del Mar Negro, entre el Dniéper y el Dniéster) se convierte una vez al año en lobo durante unos días y luego recobra su forma primitiva. Se ha interpretado esta noticia como eco de una ceremonia (posiblemente, un rito de iniciación) en la que los hechiceros y sus ayudantes se cubrirían con pieles y máscaras de lobo. También Platón (República 565d) relaciona con el santuario de Zeus Liceo de Arcadia la historia que afirma que quien ha probado vísceras humanas troceadas entre las de otras víctimas se convierte en lobo.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Coche prestado, percance casi asegurado...

       Eso es lo que no sabía el adolescente Faetonte, un hijo de Helios, el Sol, que se había criado con su madre, Clímene, sin que ella le revelara quién era su padre. Cuando finalmente lo hizo, Faetonte pidió a Helios que diera ante el mundo una muestra inequívoca de su relación con él, cumpliéndole un deseo. Helios juró concedérselo por la Estigia (gran error, pues es juramento inviolable), y por eso se vio forzado a dejarle conducir por un día el carro de oro y plata obra de Hefesto con el que realiza el recorrido por la bóveda celeste, desde el amanecer hasta el ocaso, cuando le toma el relevo Selene, la Luna. 



     Faetonte comenzó el recorrido con un carro que ni Zeus se atrevería a conducir, pero no le sirvieron de nada los muchos consejos que su padre le había dado sobre cómo controlar a los cuatro caballos que echan fuego por la boca y las narices (cuesta arriba aún se podría contenerlos, pero cuesta abajo se desbocan) y sobre el camino que debía seguir (ni muy alto ni muy bajo). Al llegar a las alturas, los caballos se van por donde quieren, calentando el frío norte. Faetonte no sabe dónde está y se asusta, y baja entonces tan cerca del suelo que quema árboles, campos, ciudades, personas, Europa, África y deja oscurecida la piel de los que vivían en la región que recibió de este hecho el nombre, Aithiopía, Etiopía ("rostro quemado"). Zeus decidió terminar con tales desastres y, desde lo alto del Olimpo, lo fulminó, cayendo su cuerpo sin vida al río Erídano.

    Las hermanas de Faetonte, las Helíades, le lloraron con tanta intensidad que acabaron convertidas en álamos y sus lágrimas, en ámbar. Pero hay una versión por ahí que cuenta que ellas habían provocado la muerte de Faetonte al darle el carro y los caballos de Helios sin permiso de su padre.

     Si Faetonte hubiera conocido la historia de Ícaro, muerto por desobedecer a su progenitor, tal vez habría hecho caso a Helios y pedido otra cosa distinta a conducir un vehículo con demasiados caballos... Se habría evitado el primer accidente de tráfico de la historia (o, viceversa, el primer accidente de aviación).

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(Lectura recomendada: Ovidio, final del libro I y principio del libro II de Las Metamorfosis).

jueves, 17 de octubre de 2013

Es peligroso no obedecer a papá...

      Pobre Ícaro, ahí, caído, con las alitas intactas pero las extremidades rotas ante el templo de la Concordia de Agrigento. Un escultor moderno te ha trasladado hasta Sicilia, donde desde luego podrán verte muchos más caminantes que bajo las aguas del mar al que diste el nombre, junto a la bella Icaria.


Ícaro (Foto: Rosa Mariño)

         Dédalo, tu padre, no paraba de inventar. Había construido el Laberinto, para que el rey Minos alejara de la vista de los hombres al monstruoso hijo que su mujer, Pasífae, había concebido con un toro y tenía parte de humano y parte de bestia, el Minotauro. Antes, había preparado una vaca de madera para que la reina lograra ser objeto de la atención del toro del que ella se había enamorado (una sofisticada venganza de Posidón, deseoso de castigar a Minos por no haberle ofrecido un sacrificio que le había prometido), y  dicen que además le dio a Ariadna el ovillo que permitiría a Teseo salir del Laberinto tras haber matado al Minotauro. Minos debía de estar ya harto de tu padre  cuando, tras huir juntos su hija Ariadna y Teseo, os encerró a los dos allí dentro. Y a tu padre se le ocurre que la mejor forma de escaparse es fabricando dos pares de alas, con las plumas pegadas con cera, y te advierte que no vueles ni demasiado bajo ni demasiado alto. Hay que comprender que, demasiado entusiasmado con semejante experiencia, intentaras subir tanto que el sol derritió la cera de tus alas y caíste al mar, perdiendo la vida. Cerca de una isla, a la que tu padre llamó Icaria, antes de seguir su camino hacia Sicilia.
         Esta versión es mucho más poética que la que pretende que eras, simplemente, un mal navegante (porque nadie se cree lo de que un hombre vuele con alas artificiales) y te habías ahogado,  en soledad, buscando a tu padre, o en tu propia barca, detrás de la de Dédalo.

           ¿Y dónde estaba la madre protectora que esperaríamos a tu lado, como Tetis con Aquiles, o Dánae con Perseo? A saber. Como era una esclava, nadie se acuerda de ella.

            De todas formas, morir por desobedecer a un adulto (ser un joven rebelde, con o sin causa) queda mucho mejor que perecer por patoso (no saber manejar la vela, o, peor aún, caerse al agua al intentar saltar a tierra).

              Ícaro, no reniegues nunca de tus alas.
            
           

martes, 9 de octubre de 2012

Hay un bicho ahí dentro...

Eso dicen, que dentro de ese edificio enorme que mandó construir Minos al arquitecto Dédalo hay un ser muy raro, un bicho, que el rey prefiere que no veamos. Y si no quiere que lo veamos, debe tener motivos muy serios...



Parece que desde que  años atrás la reina Pasífae se encariñó mucho con un toro que había salido del mar,  Minos está disgustado. Tal vez habría preferido que ella tuviera un perro, pero nosotros, los cretenses, estamos acostumbrados a los toros. Tenemos muchos jóvenes que saltan por encima de ellos en ciertas festividades.



El caso es que el toro ya no se encuentra en los establos del rey.  Dicen que enfureció y huyó. Y una vez al año llega de Atenas un barco con jóvenes atenienses, de ambos sexos, que entran al edificio, sin armas y sin comida. No llegan a nuestra isla precisamente contentos, aunque les envía de modo oficial su rey, Egeo, y nadie puede hacerles preguntas a la salida sobre lo que hay dentro, porque da la impresión de que se quedan allí. Nadie los ve después regresar a Atenas, ni por nuestro palacio.



Estos atenienses no se visten ni se peinan como nosotros, ni hablan nuestra lengua. 


Su aspecto es bastante  serio, con sus peplos, con sus mantos... Tal vez hace mayor frío en su patria que en nuestra isla, en Creta, y por eso no muestran tanto su anatomía, menos cuando los varones practican deportes o compiten en los juegos...



Pero entre los atenienses de este año ha llegado un joven que da la impresión de que se considera más importante que el resto. Lo llaman Teseo, tiene aspecto de atleta, y  una de las hijas de nuestro rey, Ariadna, muestra gran interés en él. Dicen que ha prometido ayudarle a salir del Laberinto (así llaman al edificio del bicho) si luego se casa con ella. ¿Cómo va a dejar a su familia por un desconocido? ¿Quién va a fiarse de un extranjero que a saber quién es y de qué vive? Y, además, ¿cómo va a ayudarle ella, si es verdad que el Laberinto está lleno de salas y corredores que sólo conoce quien lo diseñó? Dédalo lleva años fuera de la isla...
......
Pues sí que  ha logrado salir de dentro el joven griego, gracias a un ovillo que le ha dado Ariadna, para que fuera soltando el hilo al entrar y recogiéndolo al salir. Y asegura que se encontró dentro a un ser mitad hombre, mitad toro, devorador de carne humana,



y que lo ha matado a puñetazos, sin necesidad de espada.


Luego lo ha arrastrado fuera para que lo veamos todos...

Teseo y sus compatriotas han salido bailando de dentro del Laberinto, imitando con sus giros los tortuosos corredores. Ariadna parece preparada a irse con ellos, pero no sé por qué esta historia no me da buena espina...

sábado, 21 de enero de 2012

Princesa necesita urgentemente príncipe...


Andrómeda, princesa etíope hija de los reyes Cefeo y  Casiopea, debía ser, según el oráculo de Amón, la víctima que aplacase a las Nereidas y librase a su país de un monstruo enviado por Posidón que asolaba las tierras. Casiopea se había jactado de ser más bella que las hijas de Nereo y ellas, ofendidas, habían conseguido vengarse por mediación del dios del mar.¿Qué es eso de que una simple mortal pretenda superar a unas diosas?


Atada a una roca, en espera de un triste final, Andrómeda ve acercarse por allí un joven provisto de sandalias aladas. Es el joven príncipe Perseo, hijo de Zeus y Dánae, que regresaba con la cabeza de Medusa de vuelta hacia Grecia. Enamorado de la joven nada más verla, Perseo consigue de Cefeo la promesa de hacerla su esposa si consigue liberarla, algo que hace a espada, sin necesidad de recurrir a la mirada petrificadora de la decapitada Gorgona, que llevaba bien guardada en un saco. Esta le sería, en cambio, de gran utilidad poco después para librarse del hermano de su nuevo suegro, Fineo, el prometido de Andrómeda, que se la disputa aunque no hubiera hecho nada por ella en el momento crítico. 


G.Moreau


Perseo y Andrómeda se van lejos, a Argos, y luego a Tirinto, donde tienen muchos hijos, eslabones de una familia con conocidos miembros. Por ejemplo, un nieto de la pareja es Anfitrión, el esposo de Alcmena, y padre de Ificles, hermano medio gemelo de Heracles, en cuyo palacio se crió el hijo predilecto de Zeus.

Ahora bien, si Andrómeda es etíope (término que literalmente quiere decir “de rostro quemado”-quemado, según la mitología, por Faetonte cuando no fue capaz de refrenar a los caballos del carro que le había prestado Helios, los cuales, desbocados, se acercaban peligrosamente al suelo-), debería tener la piel oscura, por más que en el arte se la represente de un blanco radiante.

J.A.Ingres


Existe otra tradición racionalista según la cual Cefeo era el rey de Yope, la tierra que en el futuro se llamaría Fenicia, y que se extendía desde el mar Mediterráneo hasta el Mar Rojo y Arabia. Andrómeda tenía dos pretendientes: su tío Fineo y Fénix (epónimo de Fenicia). Cuando Cefeo decide casarla con este último, y para no ofender a su hermano, conviene con Fénix simular un rapto cuando la joven se encuentre en un islote en el que se hacían sacrificios a Afrodita. Fénix iba en un barco llamado “Ballena”. Al verlo, Andrómeda se asusta, comienza a gritar y en ese momento aparece Perseo, que petrifica (de sorpresa) a los que iban en la nave y se lleva a la joven ante cuyos encantos se ha rendido a primera vista.

En la actual Yaffo (Israel), ciudad muy cerca de Tel Aviv, poco queda de la otrora célebre roca de Andrómeda. Al parecer estorbaba para las obras del puerto. Corren malos tiempos para cándidas princesas en espera de príncipes… Hay que solucionarse solas los problemas, como hacen las heroínas...


Roca de Andrómeda-Joppa

miércoles, 25 de mayo de 2011

Heroínas VIII. Atenea y Ártemis, dos diosas de armas tomar

Ártemis y Atenea son las dos diosas cuyo comportamiento más se aleja del esperado y deseado por la mayoría de los griegos de la época clásica para las mortales de su sexo. Aún más que Afrodita, ya que ésta, al fin y al cabo, acepta el marido que se le impone (es verdad que también escoge amantes a su gusto, ya que es, entre otras cosas, la diosa de las heteras) y tiene hijos, mientras que aquéllas consiguen de Zeus, su padre, el privilegio de ser siempre vírgenes, rechazando el papel primordial de la mujer como “reproductora”.


Ártemis y Acteón

En el extremo contrario está Hera: es la protectora de las mujeres casadas (no del matrimonio, que incluiría también a los maridos) y por más que se enfade a causa de las continuas aventuras extramatrimoniales de Zeus y los hijos con los que va poblando el mundo  no deja de ser una esposa fiel,  paradigma a nivel divino de la mujer de una cultura patriarcal como la griega, en la cual, aunque haya nacido libre, nunca es ciudadana y depende primero de su padre, luego de su marido y, si éste falta, de su hijo mayor, y en ausencia de hijo varón y en caso de ser heredera, de tíos paternos o primos paternos.
Cuando Ixión se enamora de Hera y se atreve a mantener relaciones sexuales con una nube que tiene su forma, teniéndola por la diosa en carne y hueso (extraña unión de la que nacen extraños hijos, los centauros), Zeus lo castiga a sufrir un castigo eterno en el Tártaro.  Pero cuando Hera se enfada con Zeus porque él ha llegado al extremo de dar a luz él mismo (a Atenea, y luego repetirá su hazaña también con Dioniso, aunque en ambos casos hubiera existido previamente una madre, desaparecida de manera terrible –la una devorada; la otra, fulminada) y se toma la venganza por su mano (ella es diosa de igual rango al de su  hermano y marido) teniendo por su cuenta a Hefesto sin contar con Zeus, a ella le sale mal: frente a la bellísima Atenea que suscita pasiones nada más nacer, Hefesto resulta feo y cojo, y Hera, avergonzada, intenta esconderlo a la vista de los demás dioses tirándolo del Olimpo al mar (quizá de ahí le venía la cojera). En realidad, a Hefesto no le fue mal: lo criaron amorosamente las nereidas Tetis y Eurínome y a la primera, la madre de Aquiles, le mostrará siempre enorme reconocimiento. Luego, debido a varias circunstancias, Zeus lo casará con la más bella de las diosas, Afrodita (y ya antes había tenido por esposa a la más bella de las Gracias). Hefesto no tuvo hijos con Afrodita, pero sí con otras féminas, mientras que Afrodita tuvo un largo número de amantes, entre los que destacan Ares, Adonis y Anquises, padre de Eneas.




El Juicio de Paris, según Rubens (Eleanor Antin, 2007): Hera, convencional ama de casa; Afrodita, vampiresa; Atenea, una heroína guerrera del tipo "Lara Croft". La rubia Helena espera, con cierto fastidio, a ver qué pasa.

Afrodita es la diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad, (había nacido de los genitales cortados de Urano, según Hesíodo) y como tal ha de ser disculpada en sus infidelidades, frente a Ártemis, la castidad en persona (por concesión de Zeus), poco sociable, amante de la caza y muy vengativa. Hermana gemela de Apolo, nada más nacer en la isla de Delos ayuda a su madre, Leto, en el parto de Apolo. Puesto que ella es la diosa que envía a las mujeres las fiebres que matan tras dar a luz, las muchachas griegas le ofrecían, antes de la boda, sus juguetes (debido a la temprana edad a la que se casaban, no era extraño pasar de las muñecas a los niños de verdad) y un rizo de sus cabellos, para que les perdonara la pérdida de la virginidad. Pasa la vida acompañada de las ninfas, que han de ser también vírgenes y si alguna, como Calisto, la pierde (aunque sea por engaño de Zeus que había tomado el aspecto de la propia Ártemis para aproximarse a la incauta joven), esto supone su muerte. Tampoco le gusta ser observada por varón alguno mientras se baña en un manantial del bosque, y así a Acteón le convierte en ciervo para que lo devoren sus propios perros de caza. Y venga una ofensa de Níobe a su madre -se jactaba de tener más hijos que Leto- matando a flechazos a sus seis hijas (mientras Apolo mataba a los seis hijos varones), o exige el sacrificio de Ifigenía, la hija mayor de Agamenón, por pronunciar éste palabras que no debía. 
Ártemis lucha con gran éxito en la Gigantomaquia y mata a Orión,  bien por desafiarla en el lanzamiento de disco, bien por intentar raptar a una de sus compañeras, o bien por tratar de violar a la diosa, según distintas versiones del mito. No extraña, pues, que sea el modelo de la arisca Atalanta y la divinidad protectora de las Amazonas, a las que se atribuía a veces la fundación de Éfeso, donde estuvo el más célebre templo de la diosa, donde se la veneraba como diosa de la fecundidad y se la representaba rodeada de senos (hay, de hecho, quienes piensan que Ártemis proviene de una diosa-madre primitiva que rechazaba un matrimonio monógamo, circunstancia que fue mal entendida como virginidad por quienes asociaban su pérdida  sólo con el matrimonio convencional).

Atenea, por su parte, es la “hija sin madre” (Zeus había devorado a Metis para evitar  tener con ella en el futuro un hijo que le destronaría), y nace directamente de la cabeza de Zeus armada y bailando una danza guerrera. Virgen también (aunque tuvo un hijo, Erictonio, nacido de una forma más que peculiar), lucha en la Gigantomaquia, ayuda a los griegos en Troya (desde que Paris le negó la manzana como premio a la diosa más bella, era hostil a los troyanos, pese a que ellos la honraban en un templo que albergaba una antiquísima imagen suya, el Paladio),  y colabora con su medio hermano Heracles, aportando a la fuerza bruta masculina su razón.
Atenea es una diosa muy compleja: mujer en apariencia y  asociada a las labores femeninas, en otras de sus facetas se relaciona, en cambio, con cualidades o actividades que se consideraban masculinas, como la sabiduría, la guerra, y la protección de ciudades y hombres. Se ha subrayado que cuando las relaciones entre una diosa y un mortal son de protección, generalmente la diosa es virgen (como si los hombres consideraran útiles y beneficiosas a las mujeres vírgenes, y destructivas a las sexualmente activas): así ocurriría con Atenea y sus protegidos, Odiseo, Heracles, Belerofonte y Aquiles; de manera similar, Ariadna, Nausícaa y Medea ayudaron a Teseo, Odiseo y Jasón. En cambio Circe y Calipso retendrían a los hombres con su atractivo sexual.

No quede sin mencionar la tercera de las diosas vírgenes, por concesión de Zeus, aunque pretendida por otros dioses: Hestia, pacífica e inmóvil diosa del hogar, venerada en todas las casas y templos, el centro de la morada de los dioses.

Un libro muy interesante: S. B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica, Akal, Madrid 1987.

lunes, 23 de mayo de 2011

Heroínas VII. Atalanta, cazadora y atleta en un mundo de hombres

Atalanta, atleta. 475-450 a.C.


Atalanta fue abandonada en el monte Partenio (nombre relacionado con el término griego párthenos, “virgen”) por un padre (el arcadio Yaso o el beocio Esqueneo, emigrado a Arcadia, según diferentes versiones) que sólo quería hijos varones. Una osa la amamantó y se crió entre cazadores. Se dedicaba a la caza, sabía defenderse sola (mató a dos centauros que intentaron violarla), veneraba a Ártemis y no quería casarse. Pero cuando tuvo noticia de que se estaban concentrando en el palacio de Eneo, rey de Calidón, un gran número de héroes para dar caza a un monstruoso jabalí enviado por Ártemis (que estaba enfadada con Eneo), se dirigió allí ella también. A muchos de los presentes les disgustaba que participara en la cacería una mujer, pero Meleagro, el hijo del rey, ya se había enamorado de ella y ansiaba tener un hijo de tal madre, pese a estar ya casado.



Atalanta y Meleagro, Rubens

Tras nueve días disfrutando de la hospitalidad del rey, partieron en busca del jabalí y Atalanta fue la primera en alcanzarle con una flecha; el segundo en herirle, esta vez en un ojo, fue Anfiarao y el que le remató a cuchillo fue Meleagro, haciéndose así merecedor de los despojos del animal como trofeo. Él se los entregó a Atalanta, por lo que los tíos de Meleagro se enfurecieron al considerarse, como parientes más próximos, dueños del trofeo en caso de que su sobrino renunciase a él. Meleagro, furioso, los mató y este hecho provocó su propia muerte: a poco de nacer, las Moiras (diosas del destino) habían vaticinado a Altea, su madre, que el niño viviría en tanto no se consumiese del todo un tizón que ardía en el hogar; ella lo retiró rápidamente, lo enfrió y lo guardó en un cofre, pero al enterarse de lo que su hijo había hecho a sus tíos maternos, echó al fuego el tizón. Meleagro murió y Altea, arrepentida, se ahorcó.


Meleagro y Atalanta, J. Jordaens
En los juegos fúnebres en honor de Pelias (el tío de Jasón), Atalanta luchó con Peleo, el padre de Aquiles, y lo venció; otras veces se afirma que la prueba en que resultó ganadora fue en la carrera. Si en dichos juegos venció Meleagro en lanzamiento de jabalina, como afirma Higino, habrían tenido lugar antes de la cacería del jabalí de Calidón. Como atleta, o cazadora, se la suele representar en el arte arcaico y clásico con una túnica corta. o con un "dos piezas" (stróphion y perízoma, es decir, "sujetador" y "faja").




Atalanta e Hipómenes- G. Reni
Atalanta seguía resistiéndose al matrimonio (el motivo no está claro: ¿por imitar a Ártemis?, ¿por temor a un oráculo?), y retaba a sus pretendientes a una carrera, en la que les daba ventaja, pero con la condición de que si perdían, ella los mataría con una lanza, tal como hizo con muchos jóvenes. Pero cuando se presentó como candidato  Hipómenes (o Melanión, un primo hermano de Atalanta), él llevaba las manzanas de oro del santuario de Afrodita en Chipre -o del Jardín de las Hespérides, regalo de la diosa Gea a Hera. Cada vez que Atalanta iba alcanzarle en la carrera, Hipómenes tiraba una manzana que ella se paraba a recoger. Así la venció, se convirtió en su esposo y se dedicaban ambos a la caza, pero cometieron el error de mantener relaciones sexuales dentro de un templo de Cibeles (o de Zeus) y por eso recibieron como castigo el ser transformados en leones (símbolo de la frialdad sexual), a los que conocemos tan bien en Madrid tirando del carro de la diosa.

Hijo de Atalanta - y de Meleagro o Melanión- fue Partenopeo, cuyo nombre se relaciona con el monte en que fue abandonada su madre.