sábado, 11 de enero de 2014

¿A quién tengo el gusto de ir a matar?

      Glauco, hijo de Hipóloco, y Diomedes, hijo de Tideo, coinciden en el espacio que separa a griegos de troyanos. Antes de hacer uso de las armas, el valiente Diomedes, al parecer sin prisas por derramar sangre,  toma la palabra para preguntar por su identidad al desconocido que osa hacerle frente, pues nunca lo ha visto antes en la lucha, no vaya a ser un dios que ha bajado a la tierra, porque es bien sabido que un mortal nada puede contra la divinidad. Glauco le responde con quizá las más bellas palabras de La Ilíada (VI, 145 ss.):

- ¡Magnánimo Tidida!  ¿Por qué me preguntas mi linaje?
Como el linaje de las hojas, tal es también el de los mortales.
De las hojas, unas tira a tierra el viento, y otras el bosque
hace brotar cuando florece, al llegar la sazón de la primavera.
Así el linaje de los hombres, uno brota y otro se desvanece.

Diomedes y Glauco intercambian las armas


      Pero  no por ello deja de responder con gran lujo de detalles a la pregunta de Diomedes, subrayando que él, desde luego, no es un desconocido para muchos. Su familia procede de Éfira, en Argos, donde Sísifo, el más astuto de los mortales, tuvo por hijo a Glauco, y éste a Belerofonte, de quien se enamoró Antea, la esposa del rey de Tirinto, Preto. Como Belerofonte la rechazó, la despechada mujer pidió a Preto que le matara, acusándolo de haber intentado seducirla. Preto envió a Belerofonte a Licia, donde vivía su suegro, con orden de entregarle una tablilla que contenía -sin saberlo el inocente joven- su sentencia de muerte.

Preto entrega la tablilla a Belerofonte. Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)

      Llegado a Licia, el rey Yóbates  hospeda a Belerofonte magníficamente durante nueve días; al décimo le pide la tablilla. Con intención de que muera, primero le ordena luchar con la monstruosa Quimera, mezcla de serpiente, león y cabra, que echaba fuego por la boca. Luego le enfrenta a los feroces sólimos, y a las amazonas, y, como sale con bien incluso de una emboscada urdida por el  mismo rey, Yóbates se da cuenta de que el joven es descendiente de un dios y le entrega a su hija por esposa, naciendo de esta unión tres hijos. Uno de ellos, Hipóloco, es el padre de Glauco, aquí presente, frente a Diomedes. Hipóloco lo envió a Troya ordenándole sobresalir por encima de todos y no mancillar el linaje de sus antepasados argivos y licios.

Quimera- Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)


     En el acto, Diomedes clava la lanza en el suelo: su adversario es antiguo huésped de su familia, porque su abuelo, Eneo, hospedó durante veinte días al valiente Belerofonte e intercambiaron regalos. Ahora es momento de hacer otro tanto, y no luchar uno con otro, pues hay abundancia de aqueos y troyanos para elegir a quién matar. 

- Troquemos (dice Diomedes) nuestras armas,  que también éstos se enteren
de que nos jactamos de ser huéspedes por nuestros padres.

      Ambos saltan del carro, se cogen de las manos y sellan su compromiso. Pero Zeus le hace perder el juicio a Glauco, porque cambia sus valiosísimas armas de oro por las baratas de bronce de Diomedes.

      ¡Ah, las leyes sagradas de la hospitalidad que Zeus protege! Menos mal que Diomedes tiene la ocurrencia de preguntar antes de atravesar con la lanza a un desconocido (o de caer a sus manos). Y qué situación la de Glauco en esta guerra de Troya, nieto de  griego y aliado de los troyanos por la vía materna. Como sucede con frecuencia en las guerras, en que se pertenece a uno u otro bando simplemente por el lugar en que a uno le ha sorprendido...

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La traducción es de Emilio Crespo, para Ed. Gredos (Madrid 2000)

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