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sábado, 21 de abril de 2018

De Argonauta se liga más (Argonautas II)

         Es algo que tengo que reconocer. Yo antes de ser Argonauta no tenía gran éxito con las mujeres. Allá en Yolco pasaba muy desapercibido. Quizá tampoco sabía sacarle partido a mi apostura, porque no teníamos más modelo que Pelias cuando se vestía de gala para hacer un sacrificio, lo que sucedía raramente y siempre que no llegara alguien a interrumpirle, como cuando apareció aquel joven que incluso medio descalzo, despeinado y con una piel de pantera sobre un hombro logró dejarnos a todos sin palabras. Esto es lo primero que aprendí de él: hay que impresionar desde el minuto cero. Si no, la atención se distrae hacia otros más altos, o más rubios, o incluso más ricos. Más adelante, quiso el destino que Jasón me aceptara como miembro de su tripulación y me convertí en el héroe número 50, aun sin haber realizado hasta el momento heroicidad alguna. Sentado a los remos cerca de Heracles, Hilas, Orfeo, Teseo, Linceo, Peleo (cuántos -eos) Cástor y Pólux, Idas, Laertes, Zetes, Calais y muchos más he tenido ocasión de aprender cómo actuar en cada ocasión. Si hay que remar con fuerza, se rema; si hay que morirse de sed, se muere uno de sed; si hay que pelearse con alguien, se pelea. Por eso cuando desembarcamos en la playa de una isla en la que no se veía hombre alguno, ni siquiera un pescador, fui detrás de los que siempre van en cabeza para descubrir lo nunca visto: en aquella isla solo había mujeres que nos recibían con gran entusiasmo, como si llevaran mucho tiempo esperando nuestra llegada.
          Una de las virtudes o defectos de mi personalidad es que soy muy perspicaz, y enseguida percibí que algo estaba surgiendo entre nuestro jefe, Jasón, y una mujer de regia belleza semejante a las diosas, que decía llamarse Hipsípila. Heracles ya se estaba marchando con una grandona, Hilas con una pequeñita y graciosa, y cuando me quise dar cuenta, sin hacer nada, absolutamente nada, una de aquellas lemnias (así decían llamarse) me estaba llevando a su casa y al día siguiente habíamos celebrado ya nuestras nupcias y cumplido con la divina ley que evita que la raza de los hombres se extinga. Mi lemnia me trataba muy bien, y tanto yo como los demás Argonautas fuimos maestros en el arte de fingir que no nos habíamos enterado de que si no había allí varones es porque ellas se los habían cargado.
        Durante dos maravillosos años engordamos a causa del escaso ejercicio físico que practicábamos (no teníamos tiempo para construir estadios ni palestras) y la abundancia de exquisitas comidas preparadas por delicadas manos, con la Argo varada para protegerla de las tempestades. Pero un buen día Jasón nos llamó a todos y nos dijo que teníamos que seguir rumbo al este, hacia la Cólquide, y que debíamos dejar allí a nuestras queridas esposas, a nuestros pequeños retoños que aún no sabían llamarnos papá, y nuestros confortables lechos y regresar a los duros bancos de la nave, con el remo a cuestas y ligeros de equipaje. Quien quisiera, podría a la vuelta, una vez conseguido el Vellocino de Oro, regresar con su lemnia... siempre que ella estuviera dispuesta a recibirle de nuevo bajo su techo. Muy pesaroso salí de allí, nada entusiasmado cuando comprobé en la siguiente isla en que paramos que allí lo único que podía hacer uno era iniciarse en unos Misterios de los que, por cierto, no me enteré de nada.
        Desde allí todo fue mar y más mar. Encima, después de que los doliones nos acogieran estupendamente, un malentendido nocturno hizo que acabarámos todos peleando a brazo partido para salvar nuestra vida y estuvo muy mal que Jasón enviara a las regiones infernales al rey Cícico, que tan bien se había portado con nosotros. Afortunadamente, los misios que viven más al este de los doliones no se habían enterado de nada y nos recibieron amistosamente. Pero aquí de nuevo sucedió lo inesperado. A Heracles se le rompió el remo. Ya llevaba yo tiempo pensando de qué madera estaría hecho, porque remaba por veinte. Me desanimaba pensar que, con el remo de Heracles roto, se iba a notar mucho lo poco que contribuyo yo al desplazamiento de la Argo. Por eso me puse contentísimo cuando se fue a buscar madera para un remo nuevo, ocasión que aprovechó Hilas para -según él- ir a buscar agua. Yo creo que a lo que iba era a ligar, y sin que se diera cuenta le seguí un buen trecho. Pues sí, se dirigía a una fuente, y cuando llegó el jovencito junto a las aguas, empecé a oír  voces femeninas que le invitaban a acercarse a ellas. Entonces decidí ir a buscar otra fuente para mí, por si hubiera otras muchachas interesadas en mi persona, ahora que ya era un héroe como los otros, pero no encontré ninguna. Me pareció oir un grito y vi de lejos a Polifemo y a Heracles que iban buscando algo, quizá fuentes, como yo, y regresé a la nave. Hicimos la cena en la playa, nos echamos a dormir (aunque Heracles dando voces no nos dejaba en paz) y, cuando amaneció, Jasón dio orden de reemprender viaje. Nos negamos en redondo. Sin Heracles, no nos íbamos de allí. Entonces se nos dijo que el destino de Heracles era no participar en la conquista del vellocino y parece que yo era el único al que aquello le parecía una excusa. Volvimos al barco y entonces sí que pude constatar que 47 héroes no reman tanto como 50. Y empecé a pensar que tal vez no todas las mujeres que puedas encontrar en una isla van a ser tan de fiar como mi lemnia.


         
           
          

sábado, 30 de mayo de 2015

El año que vivimos trágicamente

     Si me preguntaran por cuál de las tres protagonistas de la IV Gymkhana Mitológica, Electra, Antígona o Medea, siento mayor predilección, me resultaría complicado decidirme.
     Electra, personaje al que he dedicado atención en tiempos pasados, me resulta menos fascinante que su madre, Clitemestra, puesto que su comportamiento de mujer "de rompe y rasga" (y muy comprensible si tenemos en cuenta todos los agravios que Agamenón le había infligido antes de caer asesinado al regreso de Troya) inquietaba sin duda a los contemporáneos de Esquilo, Sófocles y Eurípides hasta extremos insospechados. Tanto empeño en demostrar que, pase lo que pase, vale más la vida de un padre (Agamenón) que la de una madre (la propia Clitemestra) es una muestra clarísima de los valores de una sociedad patriarcal sin fisuras, como era la griega.
     Medea, por su parte, es otra mujer que se toma la justicia por su mano, pero, a diferencia de la "varonil" Clitemestra, la mujer de la Cólquide no era susceptible de convertirse en un tan mal ejemplo para las griegas de la época como Clitemestra, pues barbaridades del calibre de las cometidas por una madre capaz de matar a sus hijos sólo se entendían en cuanto ella misma era una bárbara.
    Pero Antígona... Ella es la buena hija, la buena hermana, y hasta podría haber sido buena sobrina y buena esposa si a Creonte no se le hubiera subido el poder a la cabeza, evitando a tiempo una horrible cadena de muertes en su más directa familia (incluyendo su hijo y su esposa).  Pero ¿era acaso Antígona, desafiando a su tío, aunque por piadosas razones, un buen ejemplo para las mujeres?  ¿Querían los griegos de la época clásica que ellas pensaran por su cuenta y actuaran en consecuencia? No. Pero es que a Antígona ya no le quedaba más pariente varón que tomara decisiones y las llevara  a cabo que el propio tío que la condenó a muerte.
       Dando vueltas -desde nuestra perspectiva de occidentales del siglo XXI- a estos y otros temas relacionados con las familias de aquellas mujeres excepcionales, hemos pasado parte de este curso vivido trágicamente, sin poder encontrar consuelo entre tanto crimen, ni todas las  respuestas a nuestras preguntas. Por eso, cuando ha llegado el momento de salir a demostrar de qué nos ha servido tanta lectura y comentario de fragmentos de tragedia, hemos puesto nuestras mejores caras y acudido al teatro que es la vida a arrostrar las pruebas que nos pusiera por delante.
      Dos coreutas, que en tiempos se vieron en la piel de sufridas gymkhanistas nos acompañaban dispuestas a contribuir con todo su entusiasmo a la puesta en escena de la tragedia del 23 de mayo.


Yasmine y Rebeca

     Y dos grupos de cultivadores de la lengua y cultura de los antiguos griegos y romanos se dispusieron a representar en la obra el papel que les adjudicara el destino. Uno de ellos eligió por nombre Sátiros al blanco, por su deseo de ser certeros cada vez que dispararan sus flechas y evocando a la vez la presencia de estos seres animalescos en los teatros antiguos. Y ante el pequeño Cupido de la Rosaleda probaron su puntería.


Ana, Nerea, Patricia y Álvaro (1º de Bach. Humanidades  IES Gregorio Marañón)


    La suerte les sonrió menos que al otro grupo que ostentaba el ominoso nombre de El esguince de Aquiles. Decididos a evitar que les sucediera como al héroe que sufrió un percance fatal en su tobillo, se dirigieron en Metro hasta el lugar de encuentro, no ya los alrededores del palacio de Troya, sino del de Velázquez.

Daniel, Sara, Beatriz, Jorge y Rosario (4º ESO IES Gregorio Marañón)

 
              Supieron emplear su ligereza de pies y agudeza de ingenio y terminaron segundos tras disputada batalla.





      Sus orgullosas profesoras felicitaron por igual a ambos grupos. Y se felicitaron a sí mismas por su pequeña contribución a que Esquilo, Sófocles y Eurípides sigan vivos en estos tiempos difíciles para las Humanidades.





lunes, 7 de julio de 2014

Pasión por Grecia y Roma (Alma-Tadema y la pintura victoriana)

     En la exposición Alma-Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón que, tras su paso por París y Roma, tiene ahora lugar en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid (hasta el 5 de octubre), se exponen cincuenta obras que proporcionan una amplia visión de la estética y temas que ocuparon a pintores cuya obra se extiende entre los años sesenta del siglo XIX y el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
      La pasión por la antigüedad y la suntuosidad grecorromana y la belleza formal, sobre todo femenina, de la que es principal representante Alma-Tadema, ha dado como fruto obras bellísimas, pertenecientes a la colección de Juan Antonio Pérez Simón, como las que aquí destacamos.

Rossetti, Venus Verticordia 1867/1868



Poynter, Andrómeda 1869






Burne-Jones, Pigmalión, Los deseos del corazón 1871





Alma-Tadema, La pregunta 1877



Leighton, Antígona 1882


Solomon, Hypnos, el dios del sueño 1892


Waterhouse,  Estudio para Jasón y Medea (El filtro del amor) 1906/1907
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Pintura victoriana

martes, 6 de diciembre de 2011

Medea furiosa y otros conocidos en Delacroix


Medea furiosa  (1862, Museo del Louvre)
Hasta el próximo 15 de enero puede visitarse en CaixaForum de Madrid la exposición "Delacroix (1798-1863)", con más de cien obras de este pintor romántico francés, que permiten apreciar muy bien los temas que le fueron interesando a lo largo de su vida y  la evolución que experimentó.



Se incluyen cuadros y bocetos para obras de tema clásico, entre los que destaco dos versiones de Medea furiosa.






Medea furiosa (1838, Museo de Lille)



El momento anterior al trágico final de los hijos de Medea, convertida en madre asesina por Eurípides, se sitúa ahora en una cueva, donde parece haber buscado refugio o lugar donde ocultarse. Originariamente Medea dirigiría su mirada hacia un grupo de perseguidores  aproximándose a la entrada y tendría un puñal en cada mano, según un buen número de dibujos sobre el tema conservados. El gran óleo (260x165) que se conserva en el Palacio de  las Bellas Artes de Lille fue presentado al Salón de 1838. Venticuatro años más tarde, un año antes de morir, Delacroix retomó el tema, realizando un cuadro más pequeño y simple (1,22x0,84), pero manteniendo el aspecto de la protagonista, a la que añade gran dramatismo la sombra que oscurece su mirada. Un tema pagano con niños angelicales consigue un contraste aún más notable. El pequeño rubio está inspirado en una obra de Rubens (La Virgen rodeada por los Santos Inocentes conservada en el Louvre: inocentes los niños muertos por orden de Herodes, e inocentes los niños de Medea; más osada, la sustitución de la Virgen por la hija de Eetes).




















Otras obras que destacamos por su temática clásica son una pequeña Andrómeda (rubia, angelical, irradiando luz, situada, como Medea, en el interior de una gruta junto a su entrada, esperando al monstruo que ha de devorarla o a un salvador),  un imaginativo Ovidio entre los escitas a quien se va a ofrecer leche de yegua, y  esbozos para una gran decoración (de la que adjuntamos imagen) sobre el dios Apolo matando a Pitón.




















Fruto, además, de su admiración por Lord Byron es el muy conocido cuadro titulado Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi, realizado dos años después de la muerte del poeta y filoheleno. La joven Grecia ofrece su inmaculado pecho al invasor. Bajo las ruinas, asoma, truculento, el brazo de un cadáver, inspirado en La balsa de la Medusa de T. Gericault..

Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi








jueves, 2 de junio de 2011

Heroínas XII. Ifigenía: ¿qué hace una princesa como tú en un sitio como éste?

Ifigenía era, para la tragedia, la hija mayor de Agamenón y Clitemestra, y, por tanto, sobrina de Helena, cuyo rapto provocó, en la mitología, la Guerra de Troya.
Cuando los griegos, al mando de Agamenón se encontraban concentrados en el puerto de Áulide, dispuestos para la partida, les resultaba imposible hacerse a la mar debido a una calma persistente, cuya artífice era la diosa Ártemis, que estaba enfadada con Agamenón por cierta ofensa recibida o una promesa incumplida y exigía, como reparación, el sacrificio de Ifigenía. El rey, apremiado, según algunos, por Odiseo y Menelao (su propio hermano y esposo de la raptada Helena), hace venir con engaños desde Micenas a su esposa e hija, asegurándoles que quiere casar a la joven con Aquiles antes de partir hacia Troya. Ellas acuden sin el menor recelo, pero cuando descubre la verdadera razón de la llamada, Ifigenía, tras su natural miedo inicial y pese a que Aquiles esté dispuesto a convertirla en su esposa e impedir su sacrificio, se resigna a morir por la gloria de los griegos. Cuando, sobre el altar de Ártemis, da el sacerdote el golpe mortal, nadie se da cuenta -ni siquiera la horrorizada Clitemestra- de que la diosa ha sustituido en el último momento a la joven por una cierva. Los griegos parten a Troya y Clitemestra regresa, sin hija, a su hogar, llena de resentimiento contra su esposo (que la llevará a cobrarse la venganza diez años después, cuando Agamenón regrese desde Troya a Micenas acompañado de una concubina, la princesa troyana Casandra, y sea asesinado por ella y su amante, Egisto, primo del propio Agamenón).


El sacrificio de Ifigenía. Clitemestra se cubre, dolorida y horrorizada, el rostro.

Escena de Ifigenía entre los tauros. Orestes, sobre el altar; Ifigenía, a su derecha.
Ártemis se había llevado a Ifigenía a la lejana y poco hospitalaria tierra de los tauros (situada en la actual Crimea) y allí la joven se había visto convertida en sacerdotisa de la diosa, encargada de la penosa tarea de sacrificar a los extranjeros que llegaban a la región. Al cabo de muchos años de nostalgia de su casa y su familia, reconoce en dos recién llegados a su hermano Orestes y a Pílades, amigo y primo hermano suyo, que habían ido en busca de la estatua de Ártemis por orden del oráculo de Delfos, con los cuales huye y regresa a Grecia. Eurípides es autor de una rocambolesca versión (que merece la pena leer) de la huída de los hermanos en su Ifigenía entre los tauros, con malo malísimo incluido, el rey Toante. El destino de Ifigenía será servir a Ártemis cerca de Atenas.

Ifigenia (A. Feuerbach, 1871)

Sobre qué fue de Ifigenía después, existen variantes: una afirma que murió en Mégara, donde tenía un santuario; otras, que recibió de Ártemis la inmortalidad; otra que se casó con Aquiles en una isla en la desembocadura del Danubio (la Isla Blanca), donde le había llevado su madre, Tetis, una vez muerto. Se decía que los marinos oían, al pasar por aquellos lugares, de día ruido de armas y de noche canciones y entrechocar las copas en un banquete. Por cierto que otras fuentes atribuían a Aquiles como esposa, tras su muerte, a Medea, Helena y Polixena (sacrificada en memoria del héroe sobre su tumba, a petición de su sombra). Dos mujeres de “rompe y rasga” (Medea y Helena), una heroica, pero astuta cuando hay que serlo (Ifigenía), y una jovencita que había despertado su amor (Polixena, la hermana más joven de Paris y Casandra).







En Braurón, cerca de Atenas, existía un santuario de Ártemis y un heróon de Ifigenia. Una leyenda local que aseguraba que fue allí (y no en Áulide) donde tuvo lugar el sacrificio de la joven, que fue sustituida por una osa (no por una cierva).  También había un recinto dedicado a Ártemis Brauronia en la Acrópolis de Atenas.
Templo de Ártemis en Braurón (Ática)


miércoles, 25 de mayo de 2011

Heroínas VIII. Atenea y Ártemis, dos diosas de armas tomar

Ártemis y Atenea son las dos diosas cuyo comportamiento más se aleja del esperado y deseado por la mayoría de los griegos de la época clásica para las mortales de su sexo. Aún más que Afrodita, ya que ésta, al fin y al cabo, acepta el marido que se le impone (es verdad que también escoge amantes a su gusto, ya que es, entre otras cosas, la diosa de las heteras) y tiene hijos, mientras que aquéllas consiguen de Zeus, su padre, el privilegio de ser siempre vírgenes, rechazando el papel primordial de la mujer como “reproductora”.


Ártemis y Acteón

En el extremo contrario está Hera: es la protectora de las mujeres casadas (no del matrimonio, que incluiría también a los maridos) y por más que se enfade a causa de las continuas aventuras extramatrimoniales de Zeus y los hijos con los que va poblando el mundo  no deja de ser una esposa fiel,  paradigma a nivel divino de la mujer de una cultura patriarcal como la griega, en la cual, aunque haya nacido libre, nunca es ciudadana y depende primero de su padre, luego de su marido y, si éste falta, de su hijo mayor, y en ausencia de hijo varón y en caso de ser heredera, de tíos paternos o primos paternos.
Cuando Ixión se enamora de Hera y se atreve a mantener relaciones sexuales con una nube que tiene su forma, teniéndola por la diosa en carne y hueso (extraña unión de la que nacen extraños hijos, los centauros), Zeus lo castiga a sufrir un castigo eterno en el Tártaro.  Pero cuando Hera se enfada con Zeus porque él ha llegado al extremo de dar a luz él mismo (a Atenea, y luego repetirá su hazaña también con Dioniso, aunque en ambos casos hubiera existido previamente una madre, desaparecida de manera terrible –la una devorada; la otra, fulminada) y se toma la venganza por su mano (ella es diosa de igual rango al de su  hermano y marido) teniendo por su cuenta a Hefesto sin contar con Zeus, a ella le sale mal: frente a la bellísima Atenea que suscita pasiones nada más nacer, Hefesto resulta feo y cojo, y Hera, avergonzada, intenta esconderlo a la vista de los demás dioses tirándolo del Olimpo al mar (quizá de ahí le venía la cojera). En realidad, a Hefesto no le fue mal: lo criaron amorosamente las nereidas Tetis y Eurínome y a la primera, la madre de Aquiles, le mostrará siempre enorme reconocimiento. Luego, debido a varias circunstancias, Zeus lo casará con la más bella de las diosas, Afrodita (y ya antes había tenido por esposa a la más bella de las Gracias). Hefesto no tuvo hijos con Afrodita, pero sí con otras féminas, mientras que Afrodita tuvo un largo número de amantes, entre los que destacan Ares, Adonis y Anquises, padre de Eneas.




El Juicio de Paris, según Rubens (Eleanor Antin, 2007): Hera, convencional ama de casa; Afrodita, vampiresa; Atenea, una heroína guerrera del tipo "Lara Croft". La rubia Helena espera, con cierto fastidio, a ver qué pasa.

Afrodita es la diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad, (había nacido de los genitales cortados de Urano, según Hesíodo) y como tal ha de ser disculpada en sus infidelidades, frente a Ártemis, la castidad en persona (por concesión de Zeus), poco sociable, amante de la caza y muy vengativa. Hermana gemela de Apolo, nada más nacer en la isla de Delos ayuda a su madre, Leto, en el parto de Apolo. Puesto que ella es la diosa que envía a las mujeres las fiebres que matan tras dar a luz, las muchachas griegas le ofrecían, antes de la boda, sus juguetes (debido a la temprana edad a la que se casaban, no era extraño pasar de las muñecas a los niños de verdad) y un rizo de sus cabellos, para que les perdonara la pérdida de la virginidad. Pasa la vida acompañada de las ninfas, que han de ser también vírgenes y si alguna, como Calisto, la pierde (aunque sea por engaño de Zeus que había tomado el aspecto de la propia Ártemis para aproximarse a la incauta joven), esto supone su muerte. Tampoco le gusta ser observada por varón alguno mientras se baña en un manantial del bosque, y así a Acteón le convierte en ciervo para que lo devoren sus propios perros de caza. Y venga una ofensa de Níobe a su madre -se jactaba de tener más hijos que Leto- matando a flechazos a sus seis hijas (mientras Apolo mataba a los seis hijos varones), o exige el sacrificio de Ifigenía, la hija mayor de Agamenón, por pronunciar éste palabras que no debía. 
Ártemis lucha con gran éxito en la Gigantomaquia y mata a Orión,  bien por desafiarla en el lanzamiento de disco, bien por intentar raptar a una de sus compañeras, o bien por tratar de violar a la diosa, según distintas versiones del mito. No extraña, pues, que sea el modelo de la arisca Atalanta y la divinidad protectora de las Amazonas, a las que se atribuía a veces la fundación de Éfeso, donde estuvo el más célebre templo de la diosa, donde se la veneraba como diosa de la fecundidad y se la representaba rodeada de senos (hay, de hecho, quienes piensan que Ártemis proviene de una diosa-madre primitiva que rechazaba un matrimonio monógamo, circunstancia que fue mal entendida como virginidad por quienes asociaban su pérdida  sólo con el matrimonio convencional).

Atenea, por su parte, es la “hija sin madre” (Zeus había devorado a Metis para evitar  tener con ella en el futuro un hijo que le destronaría), y nace directamente de la cabeza de Zeus armada y bailando una danza guerrera. Virgen también (aunque tuvo un hijo, Erictonio, nacido de una forma más que peculiar), lucha en la Gigantomaquia, ayuda a los griegos en Troya (desde que Paris le negó la manzana como premio a la diosa más bella, era hostil a los troyanos, pese a que ellos la honraban en un templo que albergaba una antiquísima imagen suya, el Paladio),  y colabora con su medio hermano Heracles, aportando a la fuerza bruta masculina su razón.
Atenea es una diosa muy compleja: mujer en apariencia y  asociada a las labores femeninas, en otras de sus facetas se relaciona, en cambio, con cualidades o actividades que se consideraban masculinas, como la sabiduría, la guerra, y la protección de ciudades y hombres. Se ha subrayado que cuando las relaciones entre una diosa y un mortal son de protección, generalmente la diosa es virgen (como si los hombres consideraran útiles y beneficiosas a las mujeres vírgenes, y destructivas a las sexualmente activas): así ocurriría con Atenea y sus protegidos, Odiseo, Heracles, Belerofonte y Aquiles; de manera similar, Ariadna, Nausícaa y Medea ayudaron a Teseo, Odiseo y Jasón. En cambio Circe y Calipso retendrían a los hombres con su atractivo sexual.

No quede sin mencionar la tercera de las diosas vírgenes, por concesión de Zeus, aunque pretendida por otros dioses: Hestia, pacífica e inmóvil diosa del hogar, venerada en todas las casas y templos, el centro de la morada de los dioses.

Un libro muy interesante: S. B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica, Akal, Madrid 1987.

martes, 10 de mayo de 2011

Heroínas III. Magas: Medea y su mala fama inmerecida

Medea estaba llamada desde la cuna a practicar las artes mágicas: es hija del rey de la Cólquide, Eetes, y de una Oceánide, aunque a veces se le atribuía por madre a Hécate, sobrina y esposa  del propio Eetes y patrona de las magas y hechiceras, a las que se aparece a veces con forma de animales diversos o con una antorcha en la mano. Expertas en magia son, también, sus tías Circe y Pasífae. Apolonio de Rodas la convierte en sacerdotisa de Hécate.

E. de Morgan, Medea, 1889
Aunque existen numerosas variantes sobre cuáles fueron las circunstancias en las que conoció a Jasón cuando llegó a Eea, en la lejana Cólquide, en busca del vellocino de oro,  se enamoró de él y a cambio de la promesa de convertirse en su esposa,  le ayudó a salir con bien  de las  pruebas que el rey Eetes había impuesto al joven griego para entregarle la preciada piel: Jasón debía uncir, sin ayuda de nadie, dos toros de Hefesto con pezuñas de bronce que exhalaban fuego, arar con ellos un campo y sembrar los dientes del dragón de Ares, de los que Jasón no sabía que brotarían hombres armados con intención de matarle.  Medea le proporciona a Jasón un ungüento para su cuerpo y su escudo que les hará invulnerables al hierro y al fuego durante un día entero, y le advierte que no debe enfrentarse a los feroces guerreros, sino tirar desde lejos una piedra en el centro del grupo, de manera que, irritados unos contra otros, se matarán entre sí.
Jasón realiza las pruebas con éxito, pero Eetes se niega a cumplir su promesa y decide incendiar la nave Argo y matar a los Argonautas. Mientras, Medea ha llevado a Jasón al lugar en el que se encuentra el vellocino y ha adormecido con sus sortilegios al insomne dragón que lo custodiaba, y huyen en la nave llevándose como rehén a Apsirto, hermano de Medea.

Algunas versiones del mito afirman que la propia Medea mató y despedazó a su hermano para que su padre, que los perseguía por mar, se retrasara recogiendo los restos para enterrarlos; otras, no mencionan rapto alguno y atribuyen el asesinato a Jasón. En cualquier caso, Zeus se enfada por la muerte de Apsirto y los Argonautas tienen que acudir junto a Circe para que los purifique del crimen. Ella lo hace y habla con su sobrina, pero se niega a acoger a Jasón en su palacio.
Después de numerosas peripecias, perseguidos aún por los enviados de Eetes, ya en la isla de los feacios Jasón debe cumplir la promesa de casarse con Medea, para no tener que devolver la hija soltera al padre.  De paso por Creta, Medea emplea sus artes mágicas para enfurecer a Talo, el gigante de bronce construido por Hefesto que guardaba la isla, invulnerable en todo su cuerpo, excepto en una vena en el tobillo, que se desgarra contra una roca y provoca su muerte.
Llegados a Yolco, la tierra de la que Jasón debía ser rey, Medea se venga de Pelias, tío de Jasón y usurpador del trono, que le había enviado en busca del vellocino de oro con intención de librarse para siempre de él: prepara un caldero con agua hirviendo y ciertas hierbas, introduce en él un carnero viejo descuartizado y lo saca convertido en un corderito (según Ovidio, rejuvenece a Esón, el padre de Jasón). Las propias hijas de Pelias intentan devolver la juventud a su padre de la misma manera, sin conseguirlo, por lo que Jasón y Medea son desterrados de Yolco y van a vivir a Corinto, donde tienen hijos y pasan unos años tranquilos hasta que Jasón decide repudiar a Medea y casarse con la hija del rey Creonte.
A. Mucha, cartel para Medea
Según la tragedia de Eurípides, Medea,  que convierte la que es en otras fuentes, muerte accidental de su hijo (Mérmero) o  hijos (Mérmero y Feres) en un asesinato (ver más abajo), el rey da orden de destierro para Medea y los niños y ella lleva a cabo su venganza en un solo día: por medio de los niños envía, como regalo de boda, una túnica y una corona envenenadas a la joven esposa, provocando su muerte y la de Creonte, al intentar ayudarla. A continuación mata a sus queridos hijos, privando a Jasón tanto de estos descendientes como de los que hubiera podido tener en su nuevo matrimonio, y huye a Atenas en un carro volador, regalo de Helios, donde la acoge el rey Egeo, a quien ha prometido curarle de la esterilidad que padece con sus artes mágicas. Egeo se casa con ella y tienen un hijo, Medo.


Cuando algún tiempo después el joven Teseo se dirige desde su Trecén natal a Atenas en busca de Egeo, el padre a quien no conoce, Medea se dispone a envenenarle en un banquete, bien por propia iniciativa, bien por temor de Egeo a que le arrebaten el trono. Sin embargo, el rey reconoce a su hijo al ver la espada que había dejado para él antes de nacer como señal para un futuro reconocimiento y  expulsa a Medea de Atenas.
Ella regresa con su hijo a su tierra, a la Cólquide, se reconcilia con su padre y le devuelve el trono que había usurpado su tío, Perses. Medo dará el nombre a Media.


El "Sarcófago de Medea" (Berlín, Museo de Pérgamo)
Pero las leyendas sobre Medea difieren en muchos aspectos, y en especial las relacionadas con el final de su hijo o hijos. En sus Naupácticas, Cárcino afirma que el hijo de Medea había sido despedazado por una leona en la isla de Corcira, y Pausanias relata, en su Descripción de Grecia, que en Corinto se enseñaba la tumba de los hijos de Medea muertos a pedradas a manos de los corintios por su intervención en la muerte de la princesa Glauce. Finalmente, Estáfilo convierte a Medea en la causante de la muerte de Jasón, al que había invitado a acostarse bajo la popa de la nave Argo, que ella sabía que estaba a punto de hacerse pedazos a causa del paso del tiempo, cosa que efectivamente ocurrió.
Medea no murió. Ella no era una mortal cualquiera. Marchó a los Campos Elíseos, donde algunos dicen que se casó con Aquiles.