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domingo, 5 de mayo de 2024

Medusa: una madre es una madre. Álbum de familia.

     Puede resultar chocante elegir como figura mítica en este Día de la Madre 2024 justo a una a la que sus hijos -por más que la quisieran- probablemente no considerarían la más bella entre todas las madres del mundo: Medusa. 

    No es que les falten razones, pero tampoco ellos pueden considerarse hijos comunes y corrientes. Uno es caballo y tiene alas; el otro vino armado al mundo y tuvo un hijo con tres cabezas y tres cuerpos. En primera  foto de familia -bastante rota, todo hay que decirlo- no sale el primero (por moverse) y el segundo aún no parece el gigante que con el tiempo llegará a ser. 

    Esta es la historia -traducida del griego, porque es la lengua que usan en la intimidad- que cuenta Medusa a sus hijos Pegaso y Crisaor, mirando el álbum familiar.

 

Medusa abraza al pequeño Crisaor. Museo Arqueológico de Corfú (Grecia).

     

     "Yo vivía muy tranquila con mis dos hermanas en el occidente más remoto, cerca del país de las Hespérides, cuando llegó un joven dispuesto a hacerme perder la cabeza, pero no por sus encantos, sino en sentido literal. Venía volando gracias a unas sandalias aladas préstamo de Hermes, invisible por el casco de Hades que llevaba calado, con un zurrón dicen que de piel de perro y una hoz muy afilada. 


    Las tías Esteno y Euríale y yo estábamos profundamente dormidas. El joven Perseo, un hijo de Zeus (¡cómo no!), aprovechó mi reflejo en un escudo muy pulido que Atenea sujetaba y me cortó la cabeza sin necesidad de enfrentarse a mi mirada, que le habría dejado petrificado. ¿Qué le había hecho yo a éste para que viniera a por mí?

 

Perseo y Medusa. Museo de Pérgamo (Berlín).

 


    Mi embarazo concluyó en ese mismo momento. De mi cuello salisteis al mundo, ante el pasmo de mis hermanas. Atenea nació de la cabeza de Zeus, pero sin necesidad de degollarle.

 

Pegaso y Crisaor nacen del cuello de Medusa. Antikesammlungen, Múnich (Alemania).

     Os concebí con el dios Posidón, a quien mi aspecto agradaba mucho antes de que Atenea convirtiera en serpientes mi bella melena. 

    En fin, Pegaso, tú no quisiste quedarse mucho a mi lado (tal vez esperabas otro tipo de madre, una cuadrúpeda más parecida a ti) y te fuiste volando directito hasta el  Olimpo para lo que Zeus mandara y ahora te has hecho famoso por acompañar a  Belerofonte cuando fue a por la Quimera, y hacer brotar con solo una coz  fuentes en el Helicón y en Trecén, que buena falta hace el agua.

 

Pegaso y Belerofonte. Museo de Hierápolis (Turquía)

     Crisaor, tú saliste peleón y viniste al mundo armado con una espada de oro, pero aún tuve tiempo de hacerte algunos arrumacos (y tú de disfrutarlos, mira la foto de arriba, qué contentos estamos). Disculpa si ahora nos vemos menos; desde que me lleva Atenea en la égida no decido a dónde voy, pero ya sabes donde buscarme si te hago falta. 

 

Atenea con la égida. Museo de Metaponto (Italia).

       Díselo también a mi nietecito que vale por tres, Gerión. No me extraña que se haya ido a vivir a occidente. Hay unas estupendas puestas de sol junto al fin de la Tierra.

 

Gerión. Museo de Samos (Grecia)

 

        De vuestro padre poco sé. Se peleó con Atenea y no es hagan muchas cosas juntos, pese a ser tío y sobrina. No sé a quién han salido esos dos. A nosotros, desde luego, no. Mira que son raros...

 

Atenea y Posidón presentan sus regalos al Ática. Antikesammlungen, Múnich (Alemania)


           Cuando pasen unos siglos voy a prestar mi imagen yo también para algo que merezca la pena: por ejemplo, para que los varones pregunten a las mujeres si quieren o no estar con ellos y las traten como a iguales, que ya está bien de tanto abuso. Portaos bien vosotros, para que sigáis siendo orgullo de madre."

 

Medusa, de Luciano Garbati. Nueva York (Estados Unidos)

 

 


 

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 Las fotos, excepto la última, son de Rosa Mariño CC-BY-NC-ND

sábado, 25 de marzo de 2023

La estatua más deseada: el Paladio

     El Paladio era una escultura del tipo que conocemos con el nombre de xóanon, una antiquísima imagen caída del cielo que garantizaba la integridad de la ciudad que lo guardaba y rendía culto.

      “La historia acerca del Paladio es así: dicen que cuando nació Atenea fue criada por Tritón, cuya hija era Palas. Las dos se ejercitaban en el arte de la guerra y en una ocasión riñeron. Palas estaba a punto de golpear a Atenea, pero Zeus, temeroso, interpuso su égida, y cuando Palas sorprendida miró hacia arriba, cayó herida por Atenea. Ésta, muy afligida, fabricó una imagen semejante a Palas, le cubrió el pecho con la égida que ella había temido, y colocándola al lado de Zeus la veneró. Más tarde Electra, en el momento de su ultraje, buscó refugio junto a la imagen, y Zeus arrojó el Paladio y a Ate al país ilíaco. Ilo construyó un templo y le dio culto.” (Apolodoro 3.12.3)

    Ilo, el héroe fundador y epónimo de Troya (Ilión), consideró que la caída del Paladio era una señal de que los dioses aprobaban la fundación de la ciudad, aunque ya un oráculo le había dado toda clase de pistas:

    “Ilo fue a Frigia, donde se celebraban  unos juegos organizados por el rey, y venció en la lucha; recibió como premio cincuenta muchachos e igual número de  muchachas, y el rey, obedeciendo a un oráculo, le dio también una vaca moteada y le dijo que fundara una ciudad en el lugar donde aquella se tendiese; por eso la siguió. Cuando la vaca llegó a la colina llamada de Ate, en Frigia, se acostó. Allí  Ilo fundó una ciudad que llamó Ilión. Habiendo suplicado a Zeus que le mostrase algún signo, con el día vio delante de su tienda, caído del cielo, el Paladio: tenía tres codos de alto y los pies unidos; en la mano derecha la lanza enhiesta y en la izquierda la rueca y el huso.”

 

Diomedes sujeta el Paladio (Villa de Tiberio en Sperlonga, ss.I a.C.-I d.C.))


      Los griegos, que llevaban años y años asediando Troya sin el menor éxito, consiguieron saber que hacerse con el Paladio era uno de los requisitos necesarios para tomar la ciudad:

    “Cuando Calcante dijo que Héleno conocía los oráculos que protegían a la ciudad, Odiseo, mediante una emboscada, lo hizo prisionero y lo condujo al campamento. Héleno fue obligado a decir cómo se podría tomar Ilión: lo primero si traían los huesos de Pélope, segundo si Neoptólemo luchaba a su lado, y tercero si el Paladio, caído del cielo, era robado, pues mientras estuviera dentro la ciudad sería inexpugnable.” (Apolodoro, Ep. 5.8)

    Conociéndole, no nos extraña que Odiseo decidiera en el acto ir a robarlo. Lo hizo en compañía de Diomedes, pero no está muy claro cómo sucedieron las cosas. Según Apolodoro Ep. 5.14, Helena echó una mano a Odiseo (se conocían al menos desde que él fuera uno de los pretendientes de ella, y además era el marido de su prima Penélope):

    “Odiseo fue de noche hasta la ciudad con Diomedes, dejó a éste esperándolo y mientras él, desfigurado y vestido con ropas humildes, entró inadvertidamente en la ciudad como mendigo; allí fue reconocido por Helena, y con su ayuda, tras dar muerte a gran número de los que custodiaban el Paladio, lo robó y con Diomedes lo llevó a las naves.”

    Pero en otras versiones el mérito es de Diomedes. Al escalar la muralla o los muros del templo de Atenea, Diomedes se subió sobre los hombros de Odiseo, pero luego no le ayudó a encaramarse, porque quería toda la gloria para él, así que de camino de regreso al campamento griego tuvo lugar un hecho muy poco edificante que dio origen a un proverbio:

    «Necesidad de Diomedes». A propósito de quienes hacen algo por obligación. Lo menciona Aristófanes en Ranas 150. Porque cuando se apoderaron del Paladio Diomedes y Odiseo y lo llevaban hacia las naves, entonces quiso Odiseo que el honor fuera sólo suyo e intentó asesinar a Diomedes, que abría camino por delante con el Paladio. Pero él, al ver antes que la espada reflejaba su brillo como si fuera un espejo, lo detuvo, le ató las manos y mientras lo escoltaba lo iba golpeando con la parte plana de la espada. (
Zenobio Atos 3.8).

     También se decía que ambos habrían entrado a Troya por una cloaca, o que a la pareja de griegos -que eran tal para cual- les dio el Paladio directamente la sacerdotisa Téano, esposa de Anténor, pues, aunque troyanos, ambos eran partidarios de que Helena fuera devuelto a los griegos y así se acabaría la guerra (por eso luego no los mataron cuando tuvo lugar el saqueo de la ciudad; puede que incluso acabaran fundando las actual ciudades de Padua y Venecia, ahí es nada).

    ¿Se llevaron Odiseo y Diomedes el Paladio auténtico o uno falso?  Más bien parece que lo segundo: primero, porque los troyanos eran listos y sin duda tuvieron la precaución de sustituir la imagen del templo por una copia y guardar el original a buen recaudo; segundo, porque si no, habría sido imposible que se lo llevara Eneas, de manera que al cabo del tiempo lo encontremos depositado en el templo de Vesta, donde las vestales le rendían culto, pues la seguridad de la ciudad de Roma estaba ligada a su conservación.

Paladio (santuario de Minerva en Lavinio, s.V a.C.)

 

 

    Todos querían tener el Paladio. Hasta los atenienses afirmaban tenerlo, pues Diomedes se lo habría dado a Demofonte, quien a su vez se lo entregó a Búciges para que la llevara a Atenas, mientras él engañaba a Agamenón -que lo reclamaba para sí- con una reproducción exacta de la imagen. O bien Demofonte se lo había robado a Diomedes en Falero, uno de los puertos de Atenas, cuando en cierta ocasión en que el argivo cayó por allí y se puso a pelear con los atenienses por error.

    Visto lo visto, ¿quién no va a querer un Paladio? Aunque tocarlo con manos impías, como hizo Ayante el Locrio cuando se llevó a rastras del templo de Atenea a Casandra, que se había agarrado fuertemente a su estatua, conllevara después desgracias sin fin.

Ayante arrastra a Casandra en el templo de Atenea (Museo Arqueológico de Bolonia)



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La traducción de los textos de Apolodoro es de Margarita Rodríguez de Sepúlveda para la Biblioteca Clásica Gredos (Madrid, 1985); la de Zenobio Atos, de Rosa Mª Mariño Sánchez-Elvira y Fernando García Romero para la misma colección (Proverbios griegos, Madrid, 1999).

Las fotos son de Rosa Mariño CC-BY-NC-ND

     

jueves, 10 de noviembre de 2016

La Atlántida: ¿mito o realidad?

         El filósofo Platón nos da noticias de una tierra rica y poderosa desaparecida a causa de la soberbia de sus habitantes en dos de sus diálogos (Timeo y Critias).  La fuente es, según afirma Critias,  Solón (uno de los Siete Sabios de Grecia) al que, cuando estuvo en Egipto, un sacerdote de Sais habló de la guerra que mantuvieron en tiempos antiguos (nueve mil años antes de Solón) los atenienses contra los atlantes, dueños de una isla frente a las Columnas de Hércules, riquísima por su flora, su fauna y la abundancia de metales preciosos.
          Atenea había conseguido vencer a Posidón en su disputa por el Ática. El dios obtuvo, por su parte, la Atlántida, donde vivía Clito, una joven de la que se enamoró y con la que tuvo cinco parejas de gemelos que se repartieron luego la isla, bajo el mando supremo de Atlante, el hijo mayor que dio nombre a aquel lugar, y construyeron lujosas ciudades con puentes, canales y subterráneos. 
          Sin embargo, en cierto momento los atlantes quisieron dominar el mundo, y los atenienses les derrotaron. Luego, la isla y sus altivos habitantes desaparecieron bajo el mar a causa de un cataclismo.
               Según esta versión, la Atlántida, el "continente perdido", se encontraría no muy lejos del Estrecho de Gibraltar,en el Océano Atlántico, pero existe otra (la de Diodoro de Sicilia) que la sitúa cerca de Libia. Encontrar la Atlántida supondría encontrar tesoros incalculables.

Santorini- Imagen: NASA
              La isla que ahora se llama Santorini (nombre que proviene de Santa Irene, pero antes fue Θήρα, Tera) sufrió una tremenda explosión volcánica en torno al año 1600 a.C., perdiendo buena parte de su territorio y adoptando su actual forma de caldera. Cuando el arqueólogo Spyridon Marinatos encontró en la isla el yacimiento de Acrotiri, una pequeña ciudad minoica sepultada en el II milenio a.C. por cenizas volcánicas y piedra pómez, se popularizó la idea de que la Atlántida había sido hallada al fin.














Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)

             



Muchas bellas pinturas y cerámicas han sido encontradas en Acrotiri, y notables objetos de oro, y la ciudad tenía edificios de varias plantas y una curiosa plaza triangular, pero sus habitantes no debían de vivir entre tan grandes lujos como querrían los buscadores de tesoros profesionales.


Lotos (Tera)- Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)



















Acrotiri- Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)
 


       En realidad, importa poco que Tera no sea la mítica Atlántida. 

Santorini (Tera)- Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)


Desde lo alto de la caldera se disfruta, en días despejados, de vistas inmejorables (como bien saben las compañías de cruceros y los turistas que suben en teleférico desde el borde del mar) y de una puesta de sol difícil de olvidar.

Imerovigli (Santorini)- Imagen: Rosa Mariño (CC BY NC ND)


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 Platón, Critias 108e-109 a: πάντων δὴ πρῶτον μνησθῶμεν ὅτι τὸ κεφάλαιον ἦν ἐνακισχίλια ἔτη, ἀφ᾽ οὗ γεγονὼς ἐμηνύθη πόλεμος τοῖς θ᾽ ὑπὲρ Ἡρακλείας στήλας ἔξω κατοικοῦσιν καὶ τοῖς ἐντὸς πᾶσιν: ὃν δεῖ νῦν διαπεραίνειν. τῶν μὲν οὖν ἥδε ἡ πόλις ἄρξασα καὶ πάντα τὸν πόλεμον διαπολεμήσασα ἐλέγετο, τῶν δ᾽ οἱ τῆς Ἀτλαντίδος νήσου βασιλῆς, ἣν δὴ Λιβύης καὶ Ἀσίας μείζω νῆσον οὖσαν ἔφαμεν εἶναί ποτε, νῦν δὲ ὑπὸ σεισμῶν δῦσαν ἄπορον πηλὸν τοῖς ἐνθένδε ἐκπλέουσιν ἐπὶ τὸ πᾶν πέλαγος, ὥστε μηκέτι πορεύεσθαι, κωλυτὴν παρασχεῖν.

martes, 28 de febrero de 2012

El oro de los escitas, la Táuride y otras obras de arte dignas de admiración



Pendientes con colgantes con forma de paloma (s. II a.C.)
      La exposición temporal El Hermitage en El Prado (desde el 8 de noviembre de 2011 hasta el 25 de marzo de 2012) permite ver en Madrid  más de 170 obras procedentes de las amplias colecciones del Museo fundado por Pedro I el Grande en la ciudad que él mismo había fundado, San Petersburgo














             De las diversas secciones que componen la muestra, deseo destacar la tercera, en la que se exhiben bellísimos objetos de adorno y joyas de oro de los escitas nómadas de Eurasia (broches de cinturón, torques, brazaletes...), pertenecientes a la Colección Siberiana de Pedro I y fechables entre los siglos V y III a.C.,  y joyas y objetos preciosos de la colección de orfebrería griega (pendientes, anillos, brazaletes, diademas, collares, alfileres...) que han aparecido en cámaras funerarias (kurganes) de miembros de la alta nobleza local en la costa norte del Mar Negro, la región antiguamente conocida por la tierra de los tauros (Crimea), el -para los griegos- remoto lugar en que Eurípides situó el reencuentro de Orestes con su hermana Ifigenía, a la que se creía sacrificada por Agamenón antes de la partida a Troya.



Peine con escena de batalla (siglos V-IV a.C.)




Un monstruo ataca a un caballo (ss. IV-III a.C.)











        Un colgante encontrado en el túmulo de Kul-Oba, cerca de Panticapea, la antigua capital del reino del Bósforo, conserva la que se cree es  la copia más antigua conservada de  la que debió ser estatua de culto del Partenón, la Atenea Parthénos (Virgen), obra de Fidias.




Colgante con la cabeza de Atenea Parthénos (s. IV a.C.)

       Además en la exposición puede verse también otro tipo de obras de distintas épocas y estilos relacionadas con la Antigüedad, y muy especialmente la mitología clásica: el Filoctetes de A. Lombardo (1510), el Fauno de Baccio Bandinelli (1540-1549), un espectacular Surtout de table de P.P. Thomire con motivos báquicos y dionisíacos (fines del siglo XVIII-principios del XIX), Perseo y Andrómeda de A. R. Mengs (1778), El beso de la Esfinge de F. Von Stuck (1895) y Primavera eterna (originariamente Cupido y Psique) de Rodin (1906).

A. Lombardo, Filoctetes




Mengs, Perseo y Andrómeda



F. von Stuck, El beso de la Esfinge (1895)






Rodin, Primavera eterna








domingo, 20 de noviembre de 2011

Ιθάκη- Ítaca

Me preguntan por Ítaca.

Penélope (C. Dobletoglu)
Aquí está Penélope. En Ítaca. Esperando el regreso de un marido ausente desde hace veinte años. Diez   los pasó luchando ante los muros de Troya; otros diez hace que partió de allí y no ha regresado a  su isla. El palacio está lleno de pretendientes de insoportable insolencia, esclavas traidoras, su hijo en peligro, el anciano suegro retirado en el campo...





Día tras día, éste es su mundo, el que rodea el palacio al que llegó desde Etolia tras su boda... Ítaca.


Sitio de Exoyí-S. Atanasio. ¿El palacio de Odiseo?


Muy lejos de allí está Odiseo. Ocupado en mantener a salvo su vida y la de sus compañeros,  afrontando continuos peligros por obra de gentes bárbaras, de Posidón y de otras divinidades cuyos mandatos no han respetado. Va y viene de un lado al otro del mar entre tierras, según el capricho de los dioses.

Una reconstrucción de los viajes de Ulises más imaginativa de lo habitual (Stavrós)


Posidón le aborrece y él es un marino. Cegó al temible Polifemo, hijo del dios, devorador de hombres...  Su  curiosidad le pierde: él se introdujo voluntariamente en la cueva del  Cíclope, y no por hambre,  sino porque quería ver a aquel hombre y pedirle los regalos que como huésped le correspondían, desoyendo el prudente consejo de sus compañeros: huir cuanto antes.   Ha pasado largos años con la dulce Calipso, es verdad que Circe quiso mantenerlo a su lado, pudo quedarse junto a la joven Nausícaa, pero añora su tierra:

Soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes
por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo.
Mi mansión está en Itaca insigne en el mar, pues en ella
alza el Nérito excelso sus bosques de trémulas hojas;
muchas islas también habitadas se agrupan en torno,
 tales Sama y Duliquio, con Zante poblada de selvas;
baja es Itaca, empero, y, repuesta en las sombras de ocaso,
 ve a las otras alzarse del lado del sol y la aurora.
 Aunque abrupta, sustenta valientes muchachos; no hay nada
 que se muestre a mis ojos igual que mi tierra.

 (Homero, Odisea IX, 19-28 ; trad. de J.M. Pabón)




Y cuando, tras arribar a ella profundamente dormido, despierta, todo se le muestra extraño: las sendas, los abruptos roquedales, el cómodo puerto, los árboles llenos de hojas...


El abrigado puerto de Vací, principal ciudad de la isla



Es Atenea quien ha de hacerle de guía para que sepa dónde se encuentra:

Aquí tienes el puerto de Forcis, el viejo marino,
y, a tu vera, en su fondo, el olivo de gráciles hojas; 
junto a él una cueva sombrosa y amena, recinto 
de las ninfas del agua que llaman las náyades, 
gruta espaciosa y cubierta en que tú tantas veces hiciste 
hecatombe perfecta a las diosas; y mira a este lado, 
la montaña del Nérito envuelta en sus bosques.

(Homero, Odisea XIII 345-351; trad. de J.M.Pabón)
Ítaca desde la Cueva de las Ninfas (¿el puerto de Forcis?)



Emprender el viaje hacia Ítaca, sea o no la que este nombre lleva la verdadera tierra del Odiseo homérico,  es, no sólo por devoción a Cavafis, una necesidad compartida por cuantos nos hemos dejado seducir por Homero. Allí, en el mar Jónico, sigue anclada la isla. No importa tanto la arqueología como emplear los cinco sentidos y, sobre todo, dejarse llevar por la imaginación, como quienes escuchaban a Homero o al aedo de turno…



Cueva de las Ninfas



















Alalcomenas (al fondo, Cefalonia)


Realmente, se non è vero, è ben trovato...

(P.S. Mis fotografías son todas de Ítaca. He empleado la traducción de J.M.Pabón de Odisea, Gredos, Madrid 1982, porque me encanta).

miércoles, 25 de mayo de 2011

Heroínas VIII. Atenea y Ártemis, dos diosas de armas tomar

Ártemis y Atenea son las dos diosas cuyo comportamiento más se aleja del esperado y deseado por la mayoría de los griegos de la época clásica para las mortales de su sexo. Aún más que Afrodita, ya que ésta, al fin y al cabo, acepta el marido que se le impone (es verdad que también escoge amantes a su gusto, ya que es, entre otras cosas, la diosa de las heteras) y tiene hijos, mientras que aquéllas consiguen de Zeus, su padre, el privilegio de ser siempre vírgenes, rechazando el papel primordial de la mujer como “reproductora”.


Ártemis y Acteón

En el extremo contrario está Hera: es la protectora de las mujeres casadas (no del matrimonio, que incluiría también a los maridos) y por más que se enfade a causa de las continuas aventuras extramatrimoniales de Zeus y los hijos con los que va poblando el mundo  no deja de ser una esposa fiel,  paradigma a nivel divino de la mujer de una cultura patriarcal como la griega, en la cual, aunque haya nacido libre, nunca es ciudadana y depende primero de su padre, luego de su marido y, si éste falta, de su hijo mayor, y en ausencia de hijo varón y en caso de ser heredera, de tíos paternos o primos paternos.
Cuando Ixión se enamora de Hera y se atreve a mantener relaciones sexuales con una nube que tiene su forma, teniéndola por la diosa en carne y hueso (extraña unión de la que nacen extraños hijos, los centauros), Zeus lo castiga a sufrir un castigo eterno en el Tártaro.  Pero cuando Hera se enfada con Zeus porque él ha llegado al extremo de dar a luz él mismo (a Atenea, y luego repetirá su hazaña también con Dioniso, aunque en ambos casos hubiera existido previamente una madre, desaparecida de manera terrible –la una devorada; la otra, fulminada) y se toma la venganza por su mano (ella es diosa de igual rango al de su  hermano y marido) teniendo por su cuenta a Hefesto sin contar con Zeus, a ella le sale mal: frente a la bellísima Atenea que suscita pasiones nada más nacer, Hefesto resulta feo y cojo, y Hera, avergonzada, intenta esconderlo a la vista de los demás dioses tirándolo del Olimpo al mar (quizá de ahí le venía la cojera). En realidad, a Hefesto no le fue mal: lo criaron amorosamente las nereidas Tetis y Eurínome y a la primera, la madre de Aquiles, le mostrará siempre enorme reconocimiento. Luego, debido a varias circunstancias, Zeus lo casará con la más bella de las diosas, Afrodita (y ya antes había tenido por esposa a la más bella de las Gracias). Hefesto no tuvo hijos con Afrodita, pero sí con otras féminas, mientras que Afrodita tuvo un largo número de amantes, entre los que destacan Ares, Adonis y Anquises, padre de Eneas.




El Juicio de Paris, según Rubens (Eleanor Antin, 2007): Hera, convencional ama de casa; Afrodita, vampiresa; Atenea, una heroína guerrera del tipo "Lara Croft". La rubia Helena espera, con cierto fastidio, a ver qué pasa.

Afrodita es la diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad, (había nacido de los genitales cortados de Urano, según Hesíodo) y como tal ha de ser disculpada en sus infidelidades, frente a Ártemis, la castidad en persona (por concesión de Zeus), poco sociable, amante de la caza y muy vengativa. Hermana gemela de Apolo, nada más nacer en la isla de Delos ayuda a su madre, Leto, en el parto de Apolo. Puesto que ella es la diosa que envía a las mujeres las fiebres que matan tras dar a luz, las muchachas griegas le ofrecían, antes de la boda, sus juguetes (debido a la temprana edad a la que se casaban, no era extraño pasar de las muñecas a los niños de verdad) y un rizo de sus cabellos, para que les perdonara la pérdida de la virginidad. Pasa la vida acompañada de las ninfas, que han de ser también vírgenes y si alguna, como Calisto, la pierde (aunque sea por engaño de Zeus que había tomado el aspecto de la propia Ártemis para aproximarse a la incauta joven), esto supone su muerte. Tampoco le gusta ser observada por varón alguno mientras se baña en un manantial del bosque, y así a Acteón le convierte en ciervo para que lo devoren sus propios perros de caza. Y venga una ofensa de Níobe a su madre -se jactaba de tener más hijos que Leto- matando a flechazos a sus seis hijas (mientras Apolo mataba a los seis hijos varones), o exige el sacrificio de Ifigenía, la hija mayor de Agamenón, por pronunciar éste palabras que no debía. 
Ártemis lucha con gran éxito en la Gigantomaquia y mata a Orión,  bien por desafiarla en el lanzamiento de disco, bien por intentar raptar a una de sus compañeras, o bien por tratar de violar a la diosa, según distintas versiones del mito. No extraña, pues, que sea el modelo de la arisca Atalanta y la divinidad protectora de las Amazonas, a las que se atribuía a veces la fundación de Éfeso, donde estuvo el más célebre templo de la diosa, donde se la veneraba como diosa de la fecundidad y se la representaba rodeada de senos (hay, de hecho, quienes piensan que Ártemis proviene de una diosa-madre primitiva que rechazaba un matrimonio monógamo, circunstancia que fue mal entendida como virginidad por quienes asociaban su pérdida  sólo con el matrimonio convencional).

Atenea, por su parte, es la “hija sin madre” (Zeus había devorado a Metis para evitar  tener con ella en el futuro un hijo que le destronaría), y nace directamente de la cabeza de Zeus armada y bailando una danza guerrera. Virgen también (aunque tuvo un hijo, Erictonio, nacido de una forma más que peculiar), lucha en la Gigantomaquia, ayuda a los griegos en Troya (desde que Paris le negó la manzana como premio a la diosa más bella, era hostil a los troyanos, pese a que ellos la honraban en un templo que albergaba una antiquísima imagen suya, el Paladio),  y colabora con su medio hermano Heracles, aportando a la fuerza bruta masculina su razón.
Atenea es una diosa muy compleja: mujer en apariencia y  asociada a las labores femeninas, en otras de sus facetas se relaciona, en cambio, con cualidades o actividades que se consideraban masculinas, como la sabiduría, la guerra, y la protección de ciudades y hombres. Se ha subrayado que cuando las relaciones entre una diosa y un mortal son de protección, generalmente la diosa es virgen (como si los hombres consideraran útiles y beneficiosas a las mujeres vírgenes, y destructivas a las sexualmente activas): así ocurriría con Atenea y sus protegidos, Odiseo, Heracles, Belerofonte y Aquiles; de manera similar, Ariadna, Nausícaa y Medea ayudaron a Teseo, Odiseo y Jasón. En cambio Circe y Calipso retendrían a los hombres con su atractivo sexual.

No quede sin mencionar la tercera de las diosas vírgenes, por concesión de Zeus, aunque pretendida por otros dioses: Hestia, pacífica e inmóvil diosa del hogar, venerada en todas las casas y templos, el centro de la morada de los dioses.

Un libro muy interesante: S. B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica, Akal, Madrid 1987.