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domingo, 5 de junio de 2011

Con mi túnica azafrán, he hecho de osa en las fiestas de Braurón


Existía una leyenda que aseguraba que fue en Braurón, en el Ática, donde tuvo lugar el falso sacrificio de Ifigenía, sustituida en el último momento por una osa. Allí, en el santuario de Ártemis,  es donde, según la orden dada por Atenea (ver Eurípides, Ifigenía entre los tauros, 1463 ss.), debía ser enterrada Ifigenía una vez muerta, y en su honor debían ser ofrendados los peplos de las mujeres muertas de parto. 
En el santuario de Ártemis se llevaban a cabo ritos iniciáticos prematrimoniales para  niñas y muchachas jóvenes,  a las que se llamaba "osas". De ahí, el verbo arkteúein, literalmente "hacer de osa" (que Bailly traduce "consagrarse al servicio de Ártemis de Braurón" o Liddell-Scott-Jones, "servir como una árktos (=muchacha al servicio de Ártemis Brauronia)").



La iconografía representa a las chicas corriendo vestidas o desnudas (hecho que algunos interpretan como muestra de la etapa de la iniciación en la que se encontraban o como símbolo del paso del estado "salvaje" -desnudez- al "civilizado" -vestido-). En cuanto al color azafranado de su atuendo, se menciona en Aristófanes, Lisístrata 645.

"Osas" vestidas (vaso ático, 430-420 a.C.)
La carrera podía tratarse, más que de una prueba atlética,  de una especie de juego de persecución en el que una muchacha que hace de "osa" debe perseguir y alcanzar a su "víctima". De explicación poco clara, el origen del rito ("hacer de osa" antes del matrimonio)  se justificaba a veces a partir de un mandato de la diosa Ártemis, que habría enviado una epidemia irritada porque los hermanos de una joven a la que había matado (o dejado ciega) una osa domesticada  del un santuario (y, al parecer, sagrada) habían dado, a su vez, muerte al animal.

"Osas" desnudas (vaso ático, 430-420 a.C.)

La mitología relata también la transformación en osa de una de las ninfas que acompañaban habitualmente a Ártemis, Calisto, a quien Zeus sedujo adoptando el aspecto de la diosa, para que no sospechara de sus intenciones. Otras veces Calisto es una hija del rey Licaón, que se había consagrado a la virginidad. Cuando se hizo patente el avanzado estado de gestación de Calisto, Ártemis la convirtió en osa (por voluntad propia o movida por los celos de Hera), la alejó de su compañía y acabó matándola. Zeus la transformó en la Osa Mayor, y su hijo, Árcade, es su guardián (Arturo, cuyo nombre, Arktoúros, proviene de árktos, "oso/osa" y oúros, "guardián" ). Relacionado con un episodio de la vida de Árcade se encuentra una historia de licantropía tratada en entrada independiente.
En cuanto a la Osa Menor, se trataba, según algunas fuentes, de Cinosura, una de las dos ninfas del monte Ida de Creta que criaron a Zeus, después de que Rea engañara a Crono para evitar que devorara al recién nacido, como había hecho ya con Hestia, Demeter, Hera, Hades y Posidón. Zeus la transformó en osa porque Crono la perseguía para castigarla. El nombre de la otra ninfa es Hélice, a veces identificada con Calisto. 

Diana y Calisto (P.P. Rubens, 1636-1638)

Bibliografía recomendada:
B. Gentili y F. Perusino (eds.), Le orse di Brauron. Un rituale di iniziazione femminile nel santuario di Artemide, Pisa 2002.
F. García Romero, "Mujer y deporte en el mundo antiguo", en F. García Romero y B. Hernández García (eds.) In corpore sano. El deporte en la Antigüedad y la creación del moderno olimpismo, Madrid 2005, pp. 177-204.

jueves, 2 de junio de 2011

Heroínas XII. Ifigenía: ¿qué hace una princesa como tú en un sitio como éste?

Ifigenía era, para la tragedia, la hija mayor de Agamenón y Clitemestra, y, por tanto, sobrina de Helena, cuyo rapto provocó, en la mitología, la Guerra de Troya.
Cuando los griegos, al mando de Agamenón se encontraban concentrados en el puerto de Áulide, dispuestos para la partida, les resultaba imposible hacerse a la mar debido a una calma persistente, cuya artífice era la diosa Ártemis, que estaba enfadada con Agamenón por cierta ofensa recibida o una promesa incumplida y exigía, como reparación, el sacrificio de Ifigenía. El rey, apremiado, según algunos, por Odiseo y Menelao (su propio hermano y esposo de la raptada Helena), hace venir con engaños desde Micenas a su esposa e hija, asegurándoles que quiere casar a la joven con Aquiles antes de partir hacia Troya. Ellas acuden sin el menor recelo, pero cuando descubre la verdadera razón de la llamada, Ifigenía, tras su natural miedo inicial y pese a que Aquiles esté dispuesto a convertirla en su esposa e impedir su sacrificio, se resigna a morir por la gloria de los griegos. Cuando, sobre el altar de Ártemis, da el sacerdote el golpe mortal, nadie se da cuenta -ni siquiera la horrorizada Clitemestra- de que la diosa ha sustituido en el último momento a la joven por una cierva. Los griegos parten a Troya y Clitemestra regresa, sin hija, a su hogar, llena de resentimiento contra su esposo (que la llevará a cobrarse la venganza diez años después, cuando Agamenón regrese desde Troya a Micenas acompañado de una concubina, la princesa troyana Casandra, y sea asesinado por ella y su amante, Egisto, primo del propio Agamenón).


El sacrificio de Ifigenía. Clitemestra se cubre, dolorida y horrorizada, el rostro.

Escena de Ifigenía entre los tauros. Orestes, sobre el altar; Ifigenía, a su derecha.
Ártemis se había llevado a Ifigenía a la lejana y poco hospitalaria tierra de los tauros (situada en la actual Crimea) y allí la joven se había visto convertida en sacerdotisa de la diosa, encargada de la penosa tarea de sacrificar a los extranjeros que llegaban a la región. Al cabo de muchos años de nostalgia de su casa y su familia, reconoce en dos recién llegados a su hermano Orestes y a Pílades, amigo y primo hermano suyo, que habían ido en busca de la estatua de Ártemis por orden del oráculo de Delfos, con los cuales huye y regresa a Grecia. Eurípides es autor de una rocambolesca versión (que merece la pena leer) de la huída de los hermanos en su Ifigenía entre los tauros, con malo malísimo incluido, el rey Toante. El destino de Ifigenía será servir a Ártemis cerca de Atenas.

Ifigenia (A. Feuerbach, 1871)

Sobre qué fue de Ifigenía después, existen variantes: una afirma que murió en Mégara, donde tenía un santuario; otras, que recibió de Ártemis la inmortalidad; otra que se casó con Aquiles en una isla en la desembocadura del Danubio (la Isla Blanca), donde le había llevado su madre, Tetis, una vez muerto. Se decía que los marinos oían, al pasar por aquellos lugares, de día ruido de armas y de noche canciones y entrechocar las copas en un banquete. Por cierto que otras fuentes atribuían a Aquiles como esposa, tras su muerte, a Medea, Helena y Polixena (sacrificada en memoria del héroe sobre su tumba, a petición de su sombra). Dos mujeres de “rompe y rasga” (Medea y Helena), una heroica, pero astuta cuando hay que serlo (Ifigenía), y una jovencita que había despertado su amor (Polixena, la hermana más joven de Paris y Casandra).







En Braurón, cerca de Atenas, existía un santuario de Ártemis y un heróon de Ifigenia. Una leyenda local que aseguraba que fue allí (y no en Áulide) donde tuvo lugar el sacrificio de la joven, que fue sustituida por una osa (no por una cierva).  También había un recinto dedicado a Ártemis Brauronia en la Acrópolis de Atenas.
Templo de Ártemis en Braurón (Ática)


miércoles, 25 de mayo de 2011

Heroínas VIII. Atenea y Ártemis, dos diosas de armas tomar

Ártemis y Atenea son las dos diosas cuyo comportamiento más se aleja del esperado y deseado por la mayoría de los griegos de la época clásica para las mortales de su sexo. Aún más que Afrodita, ya que ésta, al fin y al cabo, acepta el marido que se le impone (es verdad que también escoge amantes a su gusto, ya que es, entre otras cosas, la diosa de las heteras) y tiene hijos, mientras que aquéllas consiguen de Zeus, su padre, el privilegio de ser siempre vírgenes, rechazando el papel primordial de la mujer como “reproductora”.


Ártemis y Acteón

En el extremo contrario está Hera: es la protectora de las mujeres casadas (no del matrimonio, que incluiría también a los maridos) y por más que se enfade a causa de las continuas aventuras extramatrimoniales de Zeus y los hijos con los que va poblando el mundo  no deja de ser una esposa fiel,  paradigma a nivel divino de la mujer de una cultura patriarcal como la griega, en la cual, aunque haya nacido libre, nunca es ciudadana y depende primero de su padre, luego de su marido y, si éste falta, de su hijo mayor, y en ausencia de hijo varón y en caso de ser heredera, de tíos paternos o primos paternos.
Cuando Ixión se enamora de Hera y se atreve a mantener relaciones sexuales con una nube que tiene su forma, teniéndola por la diosa en carne y hueso (extraña unión de la que nacen extraños hijos, los centauros), Zeus lo castiga a sufrir un castigo eterno en el Tártaro.  Pero cuando Hera se enfada con Zeus porque él ha llegado al extremo de dar a luz él mismo (a Atenea, y luego repetirá su hazaña también con Dioniso, aunque en ambos casos hubiera existido previamente una madre, desaparecida de manera terrible –la una devorada; la otra, fulminada) y se toma la venganza por su mano (ella es diosa de igual rango al de su  hermano y marido) teniendo por su cuenta a Hefesto sin contar con Zeus, a ella le sale mal: frente a la bellísima Atenea que suscita pasiones nada más nacer, Hefesto resulta feo y cojo, y Hera, avergonzada, intenta esconderlo a la vista de los demás dioses tirándolo del Olimpo al mar (quizá de ahí le venía la cojera). En realidad, a Hefesto no le fue mal: lo criaron amorosamente las nereidas Tetis y Eurínome y a la primera, la madre de Aquiles, le mostrará siempre enorme reconocimiento. Luego, debido a varias circunstancias, Zeus lo casará con la más bella de las diosas, Afrodita (y ya antes había tenido por esposa a la más bella de las Gracias). Hefesto no tuvo hijos con Afrodita, pero sí con otras féminas, mientras que Afrodita tuvo un largo número de amantes, entre los que destacan Ares, Adonis y Anquises, padre de Eneas.




El Juicio de Paris, según Rubens (Eleanor Antin, 2007): Hera, convencional ama de casa; Afrodita, vampiresa; Atenea, una heroína guerrera del tipo "Lara Croft". La rubia Helena espera, con cierto fastidio, a ver qué pasa.

Afrodita es la diosa del amor, la sexualidad y la fertilidad, (había nacido de los genitales cortados de Urano, según Hesíodo) y como tal ha de ser disculpada en sus infidelidades, frente a Ártemis, la castidad en persona (por concesión de Zeus), poco sociable, amante de la caza y muy vengativa. Hermana gemela de Apolo, nada más nacer en la isla de Delos ayuda a su madre, Leto, en el parto de Apolo. Puesto que ella es la diosa que envía a las mujeres las fiebres que matan tras dar a luz, las muchachas griegas le ofrecían, antes de la boda, sus juguetes (debido a la temprana edad a la que se casaban, no era extraño pasar de las muñecas a los niños de verdad) y un rizo de sus cabellos, para que les perdonara la pérdida de la virginidad. Pasa la vida acompañada de las ninfas, que han de ser también vírgenes y si alguna, como Calisto, la pierde (aunque sea por engaño de Zeus que había tomado el aspecto de la propia Ártemis para aproximarse a la incauta joven), esto supone su muerte. Tampoco le gusta ser observada por varón alguno mientras se baña en un manantial del bosque, y así a Acteón le convierte en ciervo para que lo devoren sus propios perros de caza. Y venga una ofensa de Níobe a su madre -se jactaba de tener más hijos que Leto- matando a flechazos a sus seis hijas (mientras Apolo mataba a los seis hijos varones), o exige el sacrificio de Ifigenía, la hija mayor de Agamenón, por pronunciar éste palabras que no debía. 
Ártemis lucha con gran éxito en la Gigantomaquia y mata a Orión,  bien por desafiarla en el lanzamiento de disco, bien por intentar raptar a una de sus compañeras, o bien por tratar de violar a la diosa, según distintas versiones del mito. No extraña, pues, que sea el modelo de la arisca Atalanta y la divinidad protectora de las Amazonas, a las que se atribuía a veces la fundación de Éfeso, donde estuvo el más célebre templo de la diosa, donde se la veneraba como diosa de la fecundidad y se la representaba rodeada de senos (hay, de hecho, quienes piensan que Ártemis proviene de una diosa-madre primitiva que rechazaba un matrimonio monógamo, circunstancia que fue mal entendida como virginidad por quienes asociaban su pérdida  sólo con el matrimonio convencional).

Atenea, por su parte, es la “hija sin madre” (Zeus había devorado a Metis para evitar  tener con ella en el futuro un hijo que le destronaría), y nace directamente de la cabeza de Zeus armada y bailando una danza guerrera. Virgen también (aunque tuvo un hijo, Erictonio, nacido de una forma más que peculiar), lucha en la Gigantomaquia, ayuda a los griegos en Troya (desde que Paris le negó la manzana como premio a la diosa más bella, era hostil a los troyanos, pese a que ellos la honraban en un templo que albergaba una antiquísima imagen suya, el Paladio),  y colabora con su medio hermano Heracles, aportando a la fuerza bruta masculina su razón.
Atenea es una diosa muy compleja: mujer en apariencia y  asociada a las labores femeninas, en otras de sus facetas se relaciona, en cambio, con cualidades o actividades que se consideraban masculinas, como la sabiduría, la guerra, y la protección de ciudades y hombres. Se ha subrayado que cuando las relaciones entre una diosa y un mortal son de protección, generalmente la diosa es virgen (como si los hombres consideraran útiles y beneficiosas a las mujeres vírgenes, y destructivas a las sexualmente activas): así ocurriría con Atenea y sus protegidos, Odiseo, Heracles, Belerofonte y Aquiles; de manera similar, Ariadna, Nausícaa y Medea ayudaron a Teseo, Odiseo y Jasón. En cambio Circe y Calipso retendrían a los hombres con su atractivo sexual.

No quede sin mencionar la tercera de las diosas vírgenes, por concesión de Zeus, aunque pretendida por otros dioses: Hestia, pacífica e inmóvil diosa del hogar, venerada en todas las casas y templos, el centro de la morada de los dioses.

Un libro muy interesante: S. B. Pomeroy, Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica, Akal, Madrid 1987.