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martes, 8 de noviembre de 2016

Breve guía para no perderse en el Olimpo (los dioses griegos)

      A veces es muy fácil distinguir a los dioses porque van acompañados de su equipación completa, tal como sucede con la imagen de al lado: Apolo con su lira y Ártemis con su arco y un ciervo. Pero en cuanto vemos una diosa velada sin más aditamentos nos entran las dudas: ¿será Hera? ¿o Hestia? ¿quizá la joven Perséfone? 
          
       Tampoco es muy complicado acordarse a veces de las relaciones de parentesco entre unos y otros pobladores del Olimpo (y no marginemos a Hades aunque su reino esté en las profundidades), porque Ártemis y Apolo son igualitos, y su padre es el habitual para los dioses más jóvenes, el tonante Zeus, pero ¿quién es la madre? Y ya no digamos si se trata de recordar el nombre del bisabuelo o de las tías abuelas de la célebre pareja de gemelos. O incluso de decir cómo los llamaban en Roma.

       Con el ánimo de evitar que te pierdas demasiado en los vericuetos familiares de los dioses y que les pongas cara (ropa no hace falta, porque en Grecia el desnudo heroico -idéntico al de los dioses- era habitual para los varones, y a partir de cierto momento también para Afrodita, aunque intente taparse un poco por aquí o por allá), he preparado esta breve presentación:


    Así me congracio con ellos.  Un saludo, queridos dioses, que yo me acordaré también de otro canto y de vosotros.

martes, 11 de diciembre de 2012

A dormir, en espera de un milagro...

        No tan distintos a muchos de nosotros  nos resultan los antiguos griegos que acudían al santuario de Asclepio en Epidauro para encontrar solución a sus problemas de manera milagrosa. No se pedía al benévolo hijo de Apolo únicamente recuperar la salud; la consulta podía ser útil, por ejemplo, para recuperar a un hijo desaparecido. Los fieles se dirigían al santuario, situado en la región de la Argólida (Peloponeso), y allí, en la parte más sagrada del templo (el ádyton), tenían que dormir (incubatio) un número indeterminado de noches hasta que el dios se les apareciera en sueños y les dijera qué debían hacer para solucionar su problema. Si recuperaban la salud u obtenían lo que les había llevado hasta Epidauro mediante estas visiones nocturnas, hacían luego una ofrenda en la que se narraba de forma breve el milagro. Conservamos testimonios de muchas de estas "curaciones milagrosas" (iámata). Al leerlas, a veces se nos ocurre enseguida la explicación del "prodigio". Otras, no tanto. Pero tenía fama de eficaz. No en vano se dice que la fe mueve montañas.



        Siguen aquí tres milagros de tipos diversos: la resolución de un embarazo interminable, el crecimiento del cabello deseado y el hallazgo de un niño perdido, por irse donde no debía.


Cleo estuvo cinco años embarazada. Cuando ya llevaba cinco años así, fue a suplicar al dios y durmió en la parte más sagrada del santuario. En cuanto salió de allí y se encontró fuera del templo, dio a luz un niño que nada más nacer se lavó con agua de una fuente mientras gateaba en torno a su madre.
Como Cleo consiguió lo que quería, hizo esta inscripción en una ofrenda:
“No hay que admirar el tamaño de esta tablilla, sino el milagro que ha hecho el dios. Porque Cleo tuvo cinco años en su vientre esta carga, hasta que durmió en el templo y recuperó la salud.”


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Hereo de Mitilene. No tenía pelo en la cabeza, y sí muchísimo en el mentón.
Como le daba vergüenza porque se burlaban todos de él, durmió en el templo. Y el dios le untó con un ungüento la cabeza e hizo que tuviera pelo.





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 Aristócrito se zambulló en el mar, buceó y llegó a un lugar seco, con piedras alrededor, y no era capaz de encontrar ninguna salida. Después, como no lo encontraba por ningún lado por más que lo buscaba, su padre durmió en la parte más sagrada del santuario de Asclepio, para preguntar por su hijo. Y tuvo un sueño. Le parecía que el dios le llevaba a un lugar y le mostró que allí se encontraba su hijo. Y cuando salió del santuario, cortó la piedra que había visto en sueños y encontró a su hijo, que llevaba allí siete días.





No estaría mal que ahora, en los tiempos que corren, Asclepio echara también una mano. Eso de que le resuelvan a uno los problemas durmiendo, aseguraría al dios sin duda una legión de seguidores en redes sociales.


(Traducciones de Rosa Mariño)

domingo, 5 de junio de 2011

Con mi túnica azafrán, he hecho de osa en las fiestas de Braurón


Existía una leyenda que aseguraba que fue en Braurón, en el Ática, donde tuvo lugar el falso sacrificio de Ifigenía, sustituida en el último momento por una osa. Allí, en el santuario de Ártemis,  es donde, según la orden dada por Atenea (ver Eurípides, Ifigenía entre los tauros, 1463 ss.), debía ser enterrada Ifigenía una vez muerta, y en su honor debían ser ofrendados los peplos de las mujeres muertas de parto. 
En el santuario de Ártemis se llevaban a cabo ritos iniciáticos prematrimoniales para  niñas y muchachas jóvenes,  a las que se llamaba "osas". De ahí, el verbo arkteúein, literalmente "hacer de osa" (que Bailly traduce "consagrarse al servicio de Ártemis de Braurón" o Liddell-Scott-Jones, "servir como una árktos (=muchacha al servicio de Ártemis Brauronia)").



La iconografía representa a las chicas corriendo vestidas o desnudas (hecho que algunos interpretan como muestra de la etapa de la iniciación en la que se encontraban o como símbolo del paso del estado "salvaje" -desnudez- al "civilizado" -vestido-). En cuanto al color azafranado de su atuendo, se menciona en Aristófanes, Lisístrata 645.

"Osas" vestidas (vaso ático, 430-420 a.C.)
La carrera podía tratarse, más que de una prueba atlética,  de una especie de juego de persecución en el que una muchacha que hace de "osa" debe perseguir y alcanzar a su "víctima". De explicación poco clara, el origen del rito ("hacer de osa" antes del matrimonio)  se justificaba a veces a partir de un mandato de la diosa Ártemis, que habría enviado una epidemia irritada porque los hermanos de una joven a la que había matado (o dejado ciega) una osa domesticada  del un santuario (y, al parecer, sagrada) habían dado, a su vez, muerte al animal.

"Osas" desnudas (vaso ático, 430-420 a.C.)

La mitología relata también la transformación en osa de una de las ninfas que acompañaban habitualmente a Ártemis, Calisto, a quien Zeus sedujo adoptando el aspecto de la diosa, para que no sospechara de sus intenciones. Otras veces Calisto es una hija del rey Licaón, que se había consagrado a la virginidad. Cuando se hizo patente el avanzado estado de gestación de Calisto, Ártemis la convirtió en osa (por voluntad propia o movida por los celos de Hera), la alejó de su compañía y acabó matándola. Zeus la transformó en la Osa Mayor, y su hijo, Árcade, es su guardián (Arturo, cuyo nombre, Arktoúros, proviene de árktos, "oso/osa" y oúros, "guardián" ). Relacionado con un episodio de la vida de Árcade se encuentra una historia de licantropía tratada en entrada independiente.
En cuanto a la Osa Menor, se trataba, según algunas fuentes, de Cinosura, una de las dos ninfas del monte Ida de Creta que criaron a Zeus, después de que Rea engañara a Crono para evitar que devorara al recién nacido, como había hecho ya con Hestia, Demeter, Hera, Hades y Posidón. Zeus la transformó en osa porque Crono la perseguía para castigarla. El nombre de la otra ninfa es Hélice, a veces identificada con Calisto. 

Diana y Calisto (P.P. Rubens, 1636-1638)

Bibliografía recomendada:
B. Gentili y F. Perusino (eds.), Le orse di Brauron. Un rituale di iniziazione femminile nel santuario di Artemide, Pisa 2002.
F. García Romero, "Mujer y deporte en el mundo antiguo", en F. García Romero y B. Hernández García (eds.) In corpore sano. El deporte en la Antigüedad y la creación del moderno olimpismo, Madrid 2005, pp. 177-204.