domingo, 24 de enero de 2016

Ingres y la tradición clásica

    Hasta el 27 de marzo puede visitarse en el Museo del Prado una muy interesante exposición sobre Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) en cuya obra ocupa un importante lugar el mundo antiguo, que le interesó ya desde los diez años, cuando se desplazó de su Montauban natal a formarse en la academia de Toulouse, y le inspiraría (ya discípulo de David en París) la obra con la que logró en 1801 el anhelado Grand Prix y la tan deseada estancia en Roma: Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón.



       En algunas de las obras -de pequeño o gran formato- presentes en la exposición queda patente su buen conocimiento de la literatura grecolatina y la tradición clásica, que tan bien se adecuaban a su estética clasicista.


Edipo y la Esfinge (1808)


Antíoco y Estratónice ( 1866)




Virgilio lee la Eneida ante Augusto, Octavia y Livia (1819)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La fascinante Cleopatra

       Hasta el 8 de mayo de 2016, en el Centro de Exposiciones Arte Canal situado junto a la madrileña Plaza de Castilla, puede visitarse esta interesantísima  exposición que, de manera muy didáctica y con el apoyo de vídeos, mapas y carteles, acerca al público a la personalidad de Cleopatra, la séptima de tal nombre, mujer inteligente y culta, con gran habilidad para la política y última reina de Egipto, descendiente de Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro Magno,   y a Egipto, el país que fascinó tanto -y con razón- en su momento a Roma como en la posteridad a escritores, músicos, artistas plásticos y cineastas, hasta llegar a nuestros días.  Los cuatrocientos objetos expuestos (originales en su inmensa mayoría y algunos de gran rareza) proceden de más de ochenta museos y colecciones españolas e internacionales.

        La exposición está dividida en seis sectores: Egipto, tierra del Nilo, Los Ptolomeos, reyes de Egipto, La última reina de Egipto, Egipto en Roma, Cleopatra, inspiración de artistas, Cleopatra y las artes escénicas y La fascinación de Egipto en España.

martes, 15 de diciembre de 2015

Contra el enfado, gimnasia rítmica

     Después de  preparar un barco para Odiseo  y celebrar un banquete en su honor, el rey de los feacios, Alcínoo, propone salir de las estancias cubiertas al aire libre, al ágora, para practicar todos los juegos atléticos y que el noble huésped cuente de regreso a su patria, a Ítaca, cuánto aventajan los feacios a los demás en el pugilato, la lucha, los saltos y la carrera (Homero, Odisea VIII 100 ss.).  

       Dicho y hecho. En la carrera gana Clitoneo, en la lucha Euríalo,  en el salto Anfíalo, en el disco Elatreo y en el pugilato Laodamante, hijo del rey. Pero este jovencito propone a Odiseo que intervenga en la prueba en que se haya ejercitado habitualmente con anterioridad. pues -dice- no hay mayor gloria para el hombre que la que logra con sus pies o sus manos. Odiseo no se muestra dispuesto, pues no está en su mejor momento después de haber sufrido tantos males (incluido el naufragio que le ha hecho arribar a la isla de los feacios sin ni siquiera lo puesto), pero el peleón Euríalo insiste, poniendo en duda que el extranjero esté adiestrado en los juegos y afirmando que en nada se parece a un atleta (y eso que Atenea le ha hecho más alto y robusto de aspecto para impresionar a los feacios). Odiseo se enfada con tan despectivas palabras, coge un disco más grande y pesado de lo normal y lo lanza lejísimos, desafiando a quien quiera superar esa distancia o a competir con él en el pugilato, la lucha o la carrera, e incluso con el arco o la jabalina; únicamente se considera desentrenado para la carrera al haber pasado tanto tiempo metido en un barco. El rey Alcínoo no lo permite (en realidad los feacios no son tan buenos en la lucha, aunque corren con veloces piernas) y, para aplacar su cólera, ofrece a Odiseo un espectáculo de danza con música del aedo Demódoco quien acompaña con la lira el relato del adulterio de Afrodita y Ares y cómo fueron puestos en evidencia por Hefesto, y, a continuación Halio y Laodamante, dos de los tres hijos del rey, se separan del resto de los danzantes y con una hermosa pelota purpúrea hacen gimnasia mientras los demás jóvenes dan palmas, dejando asombrado a Odiseo, que, contra lo que podía parecer, aún no había visto todo en su vida.


         Beneficiosos  son sin duda los efectos de la música. Pero no lo son menos los regalos que los feacios, Euríalo incluido,  ofrecen a Odiseo para que regrese a su isla como merece hacerlo un rey. 
         Bien está lo que  bien acaba.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Dioses tramposos, héroes folloneros

       Después de Aquiles haya dado muerte a Héctor y ultrajado su cadáver - primero cuantos griegos al pasar a su lado lo herían con sus armas y luego el mismo Aquiles atándolo al carro y arrastrando su cabeza por el suelo-, y antes de comprobar si los troyanos se atreven a continuar defendiendo su ciudad ya privados de su principal valedor, en el campamento griego se celebran las honras fúnebres en honor de Patroclo. Se celebra el banquete funerario, se prepara la pira, se quema su cuerpo (junto con ovejas, bueyes, caballos, perros y una docena de troyanos cautivos, que el difunto lo merece) y se guardan sus huesos (destinados a mezclarse un día con los de Aquiles). Pero antes de que se dispersen las tropas, Aquiles manda que se sienten en un amplio círculo para presenciar una competición deportiva (Ilíada XXXIII  257 ss.), ofreciendo premios que saca de sus naves: calderos y trípodes, hierro, caballos, mulas, ganado y mujeres.


      La prueba estrella es la carrera de carros para la que Aquiles establece cinco premios que saca de sus naves : el ganador se llevará una mujer y un trípode,  el segundo una yegua preñada, el tercero un caldero, el cuarto dos talentos de oro y el quinto una urna de doble asa. Como aurigas participan Eumelo (hijo de Admeto), Diomedes, Menelao, Antíloco (hijo de Néstor) y Meríones. De árbitro, Fénix, mortal semejante a un dios, encargado de estar atento a la carrera y dar fe de lo que ocurra.

        Diomedes se apresta a correr con los caballos que había arrebatado a Eneas cuando se enfrentó con él; Menelao lleva la yegua de Agamenón, Eta, y su propio caballo, Podargo; Antíloco, sus caballos de Pilos, más lentos que los de sus competidores, pero cuenta con los consejos de su padre, el prudente Néstor, sobre cómo echar mano de la maña cuando no se tiene fuerza, es decir, hacer el giro (es carrera de ida y vuelta) mejor que los otros; de Meríones poco se dice y de Eumelo que era experto en el manejo del carro de guerra.

         Hasta aquí, todo normal. Empieza la carrera, se levanta una enorme polvareda, los carros salen de vez en cuando despedidos del suelo y los aurigas mantienen el equilibrio, ansiosos de triunfar.




       Pero cuando los caballos se disponen ya a realizar el último tramo de la carrera, empiezan los problemas: va en cabeza  Eumelo y Diomedes se prepara a adelantarlo. Eso despierta el enfado de Apolo (que no puede ni ver a Diomedes) y le arranca el látigo de las manos; Diomedes llora de rabia al ver que su competidor aumenta la distancia que les separa, pero Atenea le devuelve el látigo e infunde nuevos bríos a sus caballos. Luego Atenea rompe el yugo del carro de Eumelo, que sale despedido del carro sobre una rueda y se abre la frente. Diomedes aprovecha la ayuda de la diosa para ponerse en cabeza, seguido de cerca por Menelao, y Antíloco amenaza de muerte a sus caballos si no sobrepasan a los de Menelao. En la maniobra de adelantamiento, Menelao tiene que ceder el paso a Antíloco para evitar que choquen los carros de ambos...

        Entre tanto, el primero de entre los espectadores en divisar desde lejos a los carros es el cretense Idomeneo. El rojo caballo de Diomedes le revela que viene en cabeza y así lo hace saber a todos. Sus palabras provocan el desprecio de Ayante, hijo de Oileo, que le reprocha que hable tanto no siendo los ojos de un viejo capaces de ver mucho más allá de su cara. Para él está claro que las que vienen en cabeza son las yeguas de Eumelo. Idomeneo se enfada y le apuesta un trípode o un caldero a que él tiene razón. Ayante se levanta dispuesto a responder con violentas palabras, y tal vez habrían llegado a las manos si Aquiles no hubiera intervenido recordándoles que no es el lugar ni el momento de portarse de tal modo.

         En esos momentos llega el primero a la meta, naturalmente, Diomedes, en su carro de oro y estaño y con los caballos chorreando sudor hasta el suelo. Segundo entra Antíloco, quien no por velocidad, sino por astucia, había adelantado a Menelao, que queda tercero. El cuarto es Meríones, aunque fuera peor auriga y sus caballos más lentos, y en último lugar Eumelo, víctima de las trampas de Atenea.

           A Aquiles le da pena  Eumelo -pues es, en realidad, el mejor auriga, y un querido compañero de armas- y propone que se le entregue el segundo premio, pero Antíloco no está dispuesto a cedérselo y exige que, si quiere,  Aquiles le entregue otro premio (pues tiene bienes de sobra). Este accede y le da una coraza de bronce y estaño de elevado valor. Pero Menelao está furioso con Antíloco, y le pide que jure que no le ha adelantado haciendo trampas. Antíloco ve la cosa fea y echa mano de su juventud, presentándose como impulsivo y débil de entendimiento, y le entrega la yegua que le ha correspondido como premio. Así, Menelao puede permitirse la magnanimidad de cederle la yegua aunque le correspondiese en realidad a él, y se conforma con el caldero. Meríones recoge el cuarto premio sin más disputa (menos mal), y entonces, como queda el quinto sin dueño,  Aquiles se lo entrega a Néstor, ya que debido a su avanzada edad no podrá competir en ninguna de las demás pruebas, lo que permite al anciano (¡cómo dejar pasar esta ocasión!) recordar sus glorias pasadas.

           En resumen: una buena carrera de carros era, como vemos, capaz de sacar lo mejor -y lo peor- de cada uno. Y eso que tan nobles guerreros homéricos estaban en un funeral...

jueves, 1 de octubre de 2015

Tres semanas más cerca de Grecia

                Aquí está la relación de entradas de este blog que es útil consultar para preparar los temas introductorios de Griego de 1º de Bachillerato:

- Geografía de Grecia.
- Las lenguas indoeuropeas.
- El griego y sus dialectos.
- La creación del alfabeto.
- Los griegos y su historia.
- Las colonias griegas.



         No resulta sencillo para un principiante alcanzar a leer que en el vaso de la ilustración está escrito en griego "el niño (es) guapo" : ΗΟ ΠΑΙΣ ΚΑΛΟΣ.

       Para quien tenga todavía alguna dificultad con la lectura, viene muy bien esta presentación de Ana Ovando:  Leer griego es fácil.

      Muchas gracias, Ana.

jueves, 16 de julio de 2015

Una nueva edición de teatro clásico en Mérida

Programación
Medea (Vicente Molina Foix, sobre Eurípides, Séneca y Apolonio de Rodas)
Sócrates
Medea (Séneca)
Edipo Rey
Antígona
César y Cleopatra
La asamblea de las mujeres
Hércules
El cerco de Numancia




   
            

            

           



 Hoy, 16 de julio, Edipo es el protagonista





miércoles, 24 de junio de 2015

¿A quién nos manda San Juan, a mediodía, en el pozo?

       Fanitsa dijo, como si hablara consigo misma:
      - Se cumplen diez años desde entonces. Diez justo en este momento.
      - ¿Desde cuándo, mi niña? - preguntó su marido.
     - ¿Desde cuándo? - dijo sonriendo-. ¿Quieres que te lo diga, Yanis? Mira, desde el momento en que vi con mis ojos que eras tú lo que me deparaba la suerte, y decidí casarme contigo. Mi difunto padre, que volvía cada noche completamente borracho -Dios lo tenga en su gloria- siempre me repetía el mismo sermón y me amenazaba con que, si no me casaba contigo, mis hermanitos pasarían hambre y él mismo moriría en la cárcel. Pero yo... bueno, era una niña sin seso y no podía ver lo que me deparaba la suerte.
       - ¡Pues tenías razón, Fanitsa!
       - No tenía ninguna razón, Yanis. Pero el señor San Juan me abrió los ojos.
       - Pero ¿cómo, Fanitsa? Nunca me has contado ese asunto.
      - Mira, te lo cuento ahora, Yanis, ahora que somos viejos. Hacía calor, así como hoy, y aquella cabañita que teníamos allí, en la cima de Cupunia - allí era todo desolación, ya sabes- con techo de hojalata daba mucho más calor. Seguro que te acuerdas de ella, antes de que la arreglase mi hermano con esfuerzo, el pobrecillo. Pero de agua, todo lo que quisieras. El nuestro era el pozo más famoso de toda Cupunia. Bueno, aquel día mi tía Caterinita [...] me dice: "Tenéis un pozo. En pleno mediodía nos taparemos con una manta roja y miraremos el agua durante un largo rato. Y veremos quién pasa, a quién nos manda San Juan".
        A mi también me gustó ese asunto. Mi padre nos llamaba locas y mis hermanos tiraban de la manta, pero mi tía los regañaba. Así que allí, al sonar las campanadas, cada una de nosotras vio su destino. Pipina vio un oficial, tal como llegó a ser pronto su marido. Ahora tiene tres o cuatro galones en Tesalónica, donde está.
       - ¿Y tú, Fanitsa?
      - Yo, Yanis, ya te lo he dicho. Te vi lleno de vida, enjuto, con tu barbita, tu cabello blanco, con tu ropa salpicada de cal y con la paleta en la mano. Pasaste, me dirigiste una mirada - lo digo y se me pone la piel de gallina- y desapareciste.
        Esa misma tarde dí el sí. Y mi padre, que en Gloria esté, se divirtió de lo lindo.
       - Gloriado seas, mi señor San Juan- Con razón me decía mi difunta madre: "Hijo mío - me decía- le debes la vida a San Juan. Los médicos te daban por deshauciado y decidimos cristianarte. Trajimos la pila bautismal y a un pope, el primero que vimos delante, precisamente el día de San Juan, y el santo óleo te sanó. Glorifícalo siempre".  [...] Fanitsa, si te decidieras también hoy, como dice el dicho, a taparte con una manta roja y mirar en nuestro pozo -ahora que también nosotros tenemos pozo- ¿a quién verías, eh?
         Fanitsa saltó de su asiento, agitada y rojísima.




¿Por qué enrojece Fanitsa, una treintañera de ojos negrísimos y ardientes, casada con un viudo treinta años mayor que ella, un pobre hombre que dejó los jardines de Naxos por la albañilería en Atenas y vive convencido de que con su joven esposa entró en casa la primavera? ¿A quién vería ahora Fanitsa si se asomara al pozo el día de San Juan?

Como suele suceder, no es oro todo lo que reluce.

Con mis mejores deseos para Penélope Stavrianopúlu.

 A. Travlandonis, Mediodía en el pozo, texto completo aquí.