viernes, 30 de octubre de 2015

Una historia de fantasmas en Atenas

      No puedo resistirme a compartir la interesante historia central de la conferencia que ayer impartió Juan Antonio Álvarez Pedrosa titulada "El fantasma de la casa de Atenas y otros espectros", porque es el origen de nuestra actual representación de fantasma con cadenas que mete miedo a los vivos, y viene muy a cuento cuando tantos jóvenes y no tan jóvenes se preparan para disfrutar de una terrorífica noche de Halloween.

      Cuenta Plinio el Joven en una carta a su amigo Sura (Carta 7, 27) que había una casa en Atenas, grande y profunda, en la que era imposible vivir, pues por la noche se oía primero estrépito de cadenas y luego aparecía un anciano demacrado con larga barba, cabello erizado, grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba provocando el espanto, el insomnio y aun la muerte. Por eso nadie quería comprar la casa o alquilarla, hasta que llega a la ciudad el filósofo estoico Atenodoro y, al enterarse del baratísimo precio del alquiler y sus causas, decide quedársela y se instala en una habitación delantera con sus útiles de escritura, mandando a los suyos a dormir a la parte interior. Llegada la noche y absorto Atenodoro en sus tareas intelectuales, comienzan los ruidos. Él no se distrae, y el espectro se le planta delante, haciéndole una señal con el dedo para llamar su atención. Atenodoro le indica con la mano que espere y sigue a lo suyo. El fantasma redobla los ruidos y en ese momento ya  el filósofo coge un candil y le sigue. Al bajar al patio de la casa, el espectro desaparece. Atenodoro señala el lugar en que esto ha ocurrido y al día siguiente manda a buscar a los magistrados. Al cavar el suelo encuentran los restos de un cadáver junto a  los grilletes que le sujetaron en vida. Tras reunirse los huesos y realizar un entierro pagado por el Estado, el fantasma deja de aparecerse y la casa queda libre de su molesta presencia.


        Este episodio fue muy conocido en el siglo XIX, y su influjo está claro en historias bien conocidas como El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, o el fantasma de Jacob Marley de Cuento de Navidad de Charles Dickens, por no mencionar infinidad de películas que a todos nos vienen a la memoria.

          Moraleja: enterrad bien a los muertos (sobre todo cuando han perdido la vida de forma violenta y antes de lo previsto), si no queréis tenerlos rondando por ahí con muy malas pulgas. Aunque habrá quien eche de menos morirse de miedo con los inquietantes revenants.

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